sábado, 26 de septiembre de 2015

«Una habitación propia», de Virginia Woolf



   Virginia Woolf tiene que dar una conferencia en 1928 sobre las mujeres y la novela, pero entiende que ese tema, al menos así presentado, requiere abordar cuestiones que podrían parecer adyacentes pero que están, muestra Woolf, en el centro mismo del asunto. Por eso no puede hablar sin más de las novelas que escriben las mujeres o de la presencia de estas en las novelas o en la literatura, porque pasar por alto esas otras cuestiones sería pasar a hacer un análisis que no contempla algunas condiciones esenciales; condiciones que, de no tenerse en cuenta, invalidarían el análisis.

   Así que Woolf lleva a cabo algo así como una exploración, a distintos niveles, del mundo femenino y las influencias e imposiciones que recoge. Es un análisis de la relación de poder entre hombres y mujeres a lo largo de la historia, de las creencias y prejuicios. Es un análisis de, digamos, las condiciones de posibilidad de la escritura femenina —o de una buena escritura femenina—, y es, de alguna forma, un reproche tanto a unos como a otras. Hay y ha habido serias injusticias, pero nadie va a regalar nada, parece decir Woolf. Y lo hace con inteligentísima inventiva, con un discurso ensayístico que presenta, creo, evidentes recursos puramente literarios, conexiones con la poesía, una demostración de esa idea que hace explícita y que sostiene la unión de la poesía y la filosofía y así de la novela.

   La suya es una defensa de las condiciones materiales —una habitación propia e independencia económica— que debe tener la mujer para crear buenas novelas; novelas libres, novelas que están relacionadas con otras novelas y con su tradición, novelas cuyos autores no tienen presente su sexo a la hora de escribir, novelas que se sitúan un poco más allá del lugar al que las recluirían limitaciones de diverso tipo.


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