martes, 8 de septiembre de 2015

«Estupor y temblores», de Amélie Nothomb



   Nunca un excusado fue el teatro de un debate ideológico en el que lo que se ventilaba fuera tan esencial.


   Aunque cuando se da a la ficción más pura Nothomb consigue cosas interesantísimas, seguramente sea en los relatos autobiográficos hasta donde puedan serlo donde muestra una mayor pasión, una mejor combinación de técnica y artificios y cercanía personal, sin descuidar otros elementos y sin dejar de lado la ironía y la fuerza que parecen ya elementos inseparables de la belga. En Estupor y temblores Nothomb narra, casi a modo de recuerdo intensísimo de una época donde dejó algo pendiente, su particular descenso a los infiernos en una empresa enferma de burocracia y jerarquía y oscurantismo que la va relegando hasta acabar limpiando los lavabos masculinos. Para llegar allí cruza por un proceso humillante pero soportable, algo grotesco, algo cómico, contado con una voz burlona bien reconocible; la tensión va formándose y creciendo conforme se impone esa especie de ley que trata de hundir a Nothomb; ésta, una vez está en el último estadio, consigue hacer estallar la situación, explotar quizá ella misma, elevarse a lo más alto desde lo más bajo.

   La novela puede ser la muestra de un choque cultural, pero creo que su interés reside más bien en algo que suele lograr en casi todas sus obras: mirar el verdadero trasfondo de cualquier historia, la verdad escondida bajo el pretexto argumental, pensar los tiempos modernos, reflejarlos y condenarlos (razonablemente), usar la escritura y la ficción para situarse en el sitio idóneo, hábil e irónico, desde el que hablar de la realidad.


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