lunes, 7 de septiembre de 2015

«Baudelaire y el artista de la vida moderna», de Félix de Azúa



   La pintura ha alcanzado su autonomía, y como a la literatura, la libertad la ha paralizado. Si la literatura es hoy un bostezo de Beckett, la pintura es ese cartel colgado de un marco vacío en donde puede leerse: «esto es una pintura». La literatura, la pintura, la música, reinas de una patria desierta, deben buscar nuevos súbditos o pegarse un tiro. El hombre ha visto su alma hecha objeto y se ha reconocido como un garabato, una tachadura, un arabesco coloreado, algo tan próximo al balbuceo de un recién nacido como para producir escalofríos.


   Prácticamente todo lo que leo de Azúa acaba maravillándome. Azúa es de esos con los que uno aprende de lo que dice pero aprende también a leer, tal cual; uno se da cuenta de que debe estar atento a los giros, a las distintas intenciones, a los motivos que tiene para decir lo que dice y con la firmeza con la que lo dice, a veces. Por eso leer a Azúa tiene dos componentes más o menos diferenciados que funcionan juntos y lo hacen muy bien, me parece: hay que leer el texto, pero hay que tener presente que se está leyendo a Azúa; quiero decir que hay que tener presente su propia voz y las voces en las que se apoya, hay que ser consciente —él mismo se encarga de advertirlo, de una u otra forma— de que su discurso lleva una dirección concreta motivada por algo concreto y sugerente, no azaroso: no es, en casi ningún caso, escribir por escribir. Por eso sus obras son reconocibles, y por eso —y porque, sobre todo en el ensayo, es extremadamente lúcido— tiene tanto interés el libro como su autor, la obra como el hecho de que esté escrito por quien está escrito.

   Este texto es una buena muestra de ello. Azúa bebe aquí de Sartre y de Benjamin para abordar, a su manera, la figura de Baudelaire. No es una incursión en la vida ni en la obra del francés, al menos no del todo, no exactamente; Azúa se mueve obviando ciertas cosas y aclarando o desplazando otras, desbrozando tópicos establecidos sobre la modernidad sin demasiado conocimiento de causa, distanciándose de fatídicos términos usados hasta la saciedad sin saber muy bien cómo o por qué. Más que un esfuerzo por profundizar en Baudelaire y en todo lo que le rodeó, esto es algo así como una puesta en marcha para buscar acertadamente a Baudelaire y entender su poesía y su entorno, su teoría estética y su legado —lo que de verdad sea su legado— dentro de su justo contexto. Quizá comprender qué fue y qué tenemos o qué nos queda de Baudelaire hoy día, si puede hablarse así, pase por aclarar y ubicar antes el origen y las fuerzas que lo movieron, y hablar de él y de nuestro presente con algo más de certeza y confianza.


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