domingo, 20 de septiembre de 2015

«La hierba de las noches», de Patrick Modiano


   Sí, era como si quisiera dejar por escrito indicios que me permitieran, en un futuro remoto, aclarar lo que había vivido mientras estaba sucediendo sin acabar de entenderlo, llamadas en morse pulsadas al azar, presa de la mayor confusión. Y habría que esperar años y años para poder descifrarlas.

   En el mismo tono que asume en otras de sus novelas, Modiano se lanza aquí a la búsqueda de un pasado, de una identidad y de una memoria que Jean ha ido más o menos esbozando en unas notas en las que ahora se apoya para recomponer algunas piezas de su vida y resolver vacíos que se asientan en un París que parece engullir historias y sucesos. En ese viaje se confunden espacios y tiempos, como si el panorama vital del protagonista se fuera conformando como un todo y no como una sucesión, no de forma lineal; Jean asiste a una recomposición de su historia que no admite demasiadas concreciones temporales; se mueve entre silencios y ausencias y entre algunos misterios que se resisten a ser resueltos. Como ya mostró Modiano otras veces, hay una imposibilidad en esa búsqueda, hay elementos que no se dejan desbrozar y que contribuyen así a mantener cierta tensión y cierta ingravidez a lo largo del trayecto, una levedad que parece envolver la trama con un aire casi fantasmal.

   Jean, como aprecia él mismo en otros personajes, se mueve en algún estado cercano al sueño, aunque sepa, de alguna forma, que lo que ahora vive es real. Se agarra a referencias o puntos sólidos que le ayudan a seguir avanzando o a iluminar zonas oscuras; su viaje es un recorrido hacia lugares donde ya estuvo con la confianza de que volver sobre ellos le ayudará a recordar, a completar la memoria que guarda de su juventud y de aquel París que tiende a desvanecerse y a llevarse consigo los significados que uno intenta descubrir. Así se mezclan un viejo amor y la lírica y el ambiente policial como elementos o herramientas clave para recuperar algo que parece perdido sin remedio, pero cuya búsqueda, parece decir Modiano, es necesaria, no cabe otra. Es algo natural.

   Quizá en esa especie de obligatoriedad nazca la escritura, y quizá Modiano lo exprese aquí mejor que en otras novelas: Jean escribe para buscarse (quizá más para buscarse que para encontrarse, como si el interés radicara más la propia búsqueda que en los resultados, si acaso porque estos nunca llegan enteramente), escribe para tener constancia de lo que ha hecho y visto, de lo que ha vivido aunque ahora no pudiera asegurarlo, y para intentar trazar, un poco a tientas, el camino a seguir, consciente de que mundo (o vida) y literatura guardan estrechísimas relaciones y de que aquí, en las raíces de la literatura, debe encontrarse lo que sea que pueda ofrecerle alguna pista.


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