miércoles, 9 de septiembre de 2015

«Campo rojo», de Ángel Gracia




   Ángel Gracia se ha metido en la piel de un muchacho empollón y algo oprimido para recuperar una época con cierta justicia y, quizá, para hablar así de algo cuasi eterno, de algo que parece más o menos establecido: relaciones de poder, imposiciones, miedos, maneras de actuar, roles sociales a distinta escala, motivos explícitos y ocultos de cada suceso, vidas conectadas, no sé si interdependientes. No sé si es tanto un ejercicio de desmitificación o destrucción como de honestidad, una forma de hacer presente la infancia sin concesiones, sin caer en falsas memorias. Claro que eso hace que el relato pueda ser duro, pero, igual que no cae en sensiblerías fuera de lugar, tampoco hay exageración en esa crudeza; es sencillamente un relato real o verosímil, objetivo, árido, compensado, escrito tal cual. Gracia recurre a la memoria (a alguna memoria) no para ponerse a seguro sino para situar a su personaje en el mundo, en un mundo un poco salvaje, un poco cruel, un poco parcial, un poco rancio.

   El Gafarras se mueve envuelto en unas tensiones donde parece que debe hacerse valer o sucumbir. Esa forma de vida se extiende al ámbito familiar y escolar, a la vida en la calle, a todo, como si fuera impregnando y condicionando cada paso que da, puede que incluso dando pie a la formación de traumas que luego jugarán su papel, inevitablemente. Supongo que el Gafarras se sabe con cierta inteligencia dentro de ese maremágnum, y sabe que en ocasiones ha de callarse (o mirar con ironía, o pensar más de una vez) para sobrevivir. Sabe que tiene que orientar perfectamente el odio que acumula para que no le estalle en la cara, y sabe que el movimiento parte ya —es casi una asunción previa— del fracaso; que carga con cierta disfuncionalidad, que la adaptación no es fácil, que la degradación va en aumento y es imparable. Es casi un ejercicio de control y habilidad, un salir de allí como sea, porque las cosas son como son y, al menos por ahora, no pueden ser de otra manera.

   Es un mundo quizá particular pero más o menos generalizable, compuesto por las voces de distintos sujetos que ocupan distintas posiciones y que se mueven, afectados de diferente manera, por las mismas fuerzas; un espacio inseguro, vital y violento —pleonasmo que, de alguna manera, nos dice que los golpes, aunque puedan ser condenables, también son necesarios, y que el mundo de la infancia encierra tantas cosas como cualquier otro, a todos los niveles.

   Ángel Gracia ha escrito una novela sobre la infancia con una solvencia tremenda, sin caer en torpezas ni debilidades nostálgicas, mostrando una época a menudo teñida de pesadas convenciones. Y ha salido airoso y muy bien parado, a pesar de todo.


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