miércoles, 19 de noviembre de 2014

«Soldados de Salamina», de Javier Cercas


Y en aquel momento, con la engañosa pero aplastante lucidez del insomnio, como quien encuentra por un azar inverosímil y cuando ya había abandonado la búsqueda (porque uno nunca encuentra lo que busca, sino lo que la realidad le entrega) la pieza que faltaba para que un mecanismo completo pero incapaz desempeñe la función para la que ha sido ideado, me oí murmurar en el silencio sin luz del dormitorio: «Es él».

Confieso que no tenía demasiadas esperanzas puestas en esta novela (o relato real). No me hacía especial ilusión leer algo (otro algo) sobre la Guerra Civil que no aportase nada o que fuera otra de las tantas novelas sobre el tema. Era un miedo a la repetición, miedo a ver al autor caer en lugares comunes sin quererlo y caer yo con él en la inercia de la lectura. Si me decidí a leerla fue porque me la habían recomendado y en este caso aquella recomendación hacía que mereciese la pena pensar que igual la novela no era eso que yo creía. Ahora me alegro de que haya sido así. Ni el relato se empantana ni creo que pueda considerarse otra más de esas tantas novelas que pasan sin pena ni gloria.
Cercas, mediante una escritura lúcida y hábil, construye un relato que deja a uno satisfecho, pues el peso de lo literario hace que nos acerquemos a la realidad y a la vez nos alejemos de ella, en una especie de búsqueda obsesiva que encuentra no lo que pretende o como lo pretende, sino lo que, de alguna manera, le es dado.
La novela se construye —y me gusta colocar ahí ese verbo, pues parece que efectivamente se construye, y lo hace a dos niveles: uno puramente histórico o documental y otro literario, éste sobre aquél— desde la figura de Rafael Sánchez Mazas y la historia de su (no) fusilamiento a manos de los republicanos.

 (...) porque las palabras sólo están hechas para decirse a sí mismas, para decir lo decible, es decir  todo excepto lo que nos gobierna o hace vivir o concierne o somos o es este soldado anónimo y  derrotado que ahora mira a ese hombre cuyo cuerpo casi se confunde con la tierra y el agua marrón  de la hoya, y que grita con fuerza al aire sin dejar de mirarlo:
      —¡Aquí no hay nadie!
      Luego da media vuelta y se va.

Se va conformando un relato real en el que se añade una dosis de ficción —cómo si no—, se va progresando en la formación del puzle y de la novela en sí, en esa investigación que funciona a varios niveles y que completa el todo. Ficción y realidad, hasta hacerse uno. Incluso hasta que la ficción sea más importante que lo que de hecho ocurrió, hasta que esta ficción ocupe los huecos que la realidad presenta. En muchos puntos no tenemos Historia sino el relato de Cercas, una historia (como podría haber sido otra), todo un conjunto de engranajes llevado con una maestría que juega con ese doble significado.
Cuando el Cercas de la novela necesita y no obtiene la entrevista con el Miralles de la novela (para poder cuadrar la propia novela), el Bolaño de la novela le dice que si no la tiene tendrá que inventarla. Eso es. Ocupar espacios, construir, hacer realidad, erigir un mundo perfectamente verosímil que se sostiene con esa narración sólida, con esa forma de pensamiento que es la literatura y que viene a salvar elementos insalvables. De hecho es en esa tercera parte cuando la novela cobra más fuerza y alza más el vuelo.
Es por eso que al final Sánchez Mazas podría considerarse casi un mero pretexto; la novela vive por sí misma, respira con autonomía. Lo fundamental es esa construcción, esa disposición del tiempo y del espacio, de los elementos de cohesión, del agradecido papel de la ficción, la idea, la memoria y el recuerdo; al fin, el relato, la narración.

Javier Cercas narra con una muy notable destreza, y merece la pena prestar atención a esta novela, a su composición, a la esperanza que parece haber tras esta historia que dice que aún es posible escribir con solvencia atendiendo a la literatura pura y a la anécdota leve, al discurso pesado y a la historia ligera, a la realidad y a la ficción y al juego que les da vida a ambas.

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