sábado, 15 de noviembre de 2014

«El ángel negro», de Antonio Tabucchi


Los seis relatos que forman este libro tienen algo de enigmático, parecen guardar algún secreto, se mueven con cierta atracción que mantiene un tono de oscuridad durante toda la narración. Sobre ese fondo medianamente oscuro Tabucchi hace pasar sombras, espectros de memorias y ecos, juegos literarios que tienden a deformarse, tensas imposturas que se tambalean. 

Mirando al fondo del pozo, quizá lo mejor sea ver esa confusión que acaba creándose entre ficción y vida, confusión que adquiere de la mano de Tabucchi un aire menos anecdótico y más respetable, más aún cuando esa especie de aliento maligno interviene sin remedio y la realidad se distorsiona, cambia radicalmente, entran en escena elementos que adquieren una extraña coherencia; que están, y que uno sabe que pueden estar, pero que son grotescos, desbordan la forma, acaban con el marco de lo real, de la vida. Un mal que ejecuta sin aviso, que aparece para trastocar el transcurso de los hechos. Un mal que también es personaje. Es algo que invade la escritura, que la retuerce, y no algo que viene de fuera, sino que está ya aquí; es una presencia, y hay que contar con ella.

La construcción literaria puede acabar así en el abismo, en un retroceso que trae nefastas consecuencias, en la locura, en el cuestionamiento de elementos sólidos y en cuestionamientos de cuestionamientos. Perdición. Un camino tortuoso.
Puede que la sólida escritura de Sostiene Pereira imponga mucho más que ésta. Quizá aquí cobren relevancia otros elementos (ese mal, esa presencia, ese estrangulamiento), también memorables, a los que también hace falta ir y sentir ese ángel negro que tiñe la literatura del mal del que quizá nunca estuvo exenta.

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