jueves, 25 de febrero de 2016

«Marienbad eléctrico», de Enrique Vila-Matas



   El Bonaparte es la calma, la lentitud, incluso lo obsoleto, el sosiego, la tranquilidad que sólo rompen las risas, la súbita urgencia de las ideas más raras, la animación chispeante y de repente subversiva, o completamente sideral, alucinante. Se conjugan pues la serenidad y el repentino rayo. Oscilamos de un lado a otro, como esos artistas que llevan dos vidas en una y pasan de un sereno encierro hogareño de meses al frenético viaje transatlántico; personas que no conocen los términos medios y van directamente de las zapatillas a la tarjeta de embarque, y viceversa. Tenemos dos lados, también en el Bonaparte. Podemos ofrecer una imagen clásica de sosiego y en segundos pasar a lo contrario y sentirnos poseídos, sobrepasados, en plena tempestad mental, como si hubiéramos viajado al origen eléctrico de todas las lluvias.


   De Vila-Matas uno puede esperar casi cualquier cosa, aunque todas, hayan venido o estén por venir, tienen cierto aire de familia, quizá porque no puede ser de otro modo, porque responden a ciertas cuestiones esenciales sobre las que parece que hay que discurrir para dar con alguna clave o sencillamente porque no queda otra opción, y mejor así.

   Marienbad eléctrico puede pensarse como una pieza importante, por las claves que muestra, de la obra de Vila-Matas, una obra que afronta, desde distintos puntos de vista o con diferente actitud —a veces peligrosamente—, los problemas o los motivos últimos de la literatura, que son o tienden a ser los de la vida. Y puede que la vida tampoco pueda entenderse sin el arte, sin sus motivos más esenciales. Puede, al fin, que vida y arte y literatura no sean, al menos en algún punto, sino la misma cosa. En el mejor de los casos, cada una de ellas remite a las otras dos de forma, diría, inevitable —irrenunciable—, y quizá entonces uno tenga que aprender a mirar ese vínculo o las manifestaciones de ese vínculo a la vez con cierta familiaridad y con cierta extrañeza, haciendo posible la emergencia de nuevas formas o nuevas ideas.

   De Marienbad eléctrico pueden extraerse algunas claves de todo esto. El libro se construye a partir de las conversaciones que mantienen Vila-Matas y la artista francesa Dominique Gonzalez-Foerster, encuentros que tienen algo de azaroso, de imprevisible. Aquí la forma arroja tanta o más luz que el fondo. El aire literario, el ambiente artístico —la fe en el arte, el componente fortuito, los deseos, la levedad, la ironía, las aproximaciones interpretativas, la relación interpersonal, el intercambio de ideas, los acertados equívocos, las tentativas, la intuitiva certeza de que algo significativo se gesta desde esas conversaciones..., todo parece dotar al discurso del aire adecuado para comprender la situación y lo que en ella sucede, y la mayor parte de lo que sucede lo hace veladamente, trascurre como una verdad natural, como el fondo más sólido de lo que corre ligero en superficie. Todo ese contexto abre unas tremendas condiciones de posibilidad de la novela —tome la forma que tome—, nuevas vías de desarrollo de un discurso que juega a avanzar cruzando fronteras. La novela, si todo cabe en ella, podrá asimilar cualquier cambio; su final será sólo un mal sueño.

   Así que Marienbad eléctrico es un complejo misterioso y esclarecedor, la propuesta de una nueva forma de crear y un buen ejemplo de eso mismo. No es una novela común y tampoco un ensayo ni una crónica y quizá no responda a ninguna etiqueta por el estilo, es algo que toma lo que requiere de cada lugar para acercarse a su meta, para tantear cuestiones ineludibles. Es, de alguna forma, la expresión misma de algo —una serie de descubrimientos o significados, puede que nunca acabados— que emerge en el encuentro de ambos, Enrique Vila-Matas y Dominique Gonzalez-Foerster, algo que abre los ojos en el seno de ese vínculo, de esa experiencia. Marienbad eléctrico es un libro (absolutamente) maravilloso.


   Para mí, una amistad es inconcebible si no se tiene en alta estima a la persona amiga, si no se la admira, aunque quepan los matices. Porque se es amigo de alguien por lo que hace, por lo que es, por cómo se las arregla para andar por el mundo, y también por no saber cómo se las arregla para andar por el mundo.


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