jueves, 4 de febrero de 2016

«Gran Vilas», de Manuel Vilas



   Vilas, o la poesía de Vilas, es un soplo de aire fresco, ligerísimo, provocador, una tentativa (y quizá algo más) de encontrar la profundidad a través del desenfado e incluso a través del canto más frívolo, conscientemente frívolo. Puede que sea imposible, parece pensar Vilas, hallar alguna verdad partiendo de un tono solemne, y entonces no tiene sentido escribir, no con esa carga. Puede que no quepa sino escribir con libertad (y haciéndose uno cargo de esa libertad), desafiando a la vida para apegarse más a ella, para poder hablar de cosas gastadas y maltrechas sin que suene gastado y maltrecho. Y para eso también hay que hacer algún ejercicio de exaltación, reinventarse o morir. Así que Vilas se crea (o se recrea) a sí mismo en sus poemas. Si esto se llevara al extremo, podría decirse, de alguna forma, que esos poemas son él mismo y que él mismo es esos poemas, esa forma de referirse a una deidad creadora, mundana, múltiple y genial, casi omnipresente.

   Los poemas de Gran Vilas (o composiciones, o lo que quiera que sean) suenan a juventud, a novedad, hablan de amor y de política y de vida, tienen algo de experiencia y algo de impaciencia y de rebeldía, son enérgicos y soberbios, capaces y justos.


Antes de convertirse
en un ser humano llamado Vilas
fue un silencio cósmico.

Antes de convertirse
en el hombre más alto de mi infancia
fue un desconocido.

Dueño de nuestra verdad, se la llevó muy lejos.

Los muertos esperan nuestra muerte si algo esperan.

Brindo por tu misterio.


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