domingo, 7 de febrero de 2016

«El hundimiento», de Manuel Vilas



   Probablemente lo mejor de Vilas sea su juego con el lenguaje, una suerte de experimentación personal con la que busca la mejor forma de decir lo que quiere. Si el lenguaje es nuestro (si el lenguaje somos nosotros), lo es con todas las de la ley. La reglas están para adaptarlas o interpelarlas directamente, aunque aquí eso no sea el objetivo principal sino algo asumido para expresar la devastación. El aire más liviano y divertido reluce sólo cuando la profunda crisis que marca el libro da algún respiro, de manera que esos destellos jocosos parecen risas amargas, algo escalofriantes, una forma por parte de Vilas de decir estoy bien, ni siquiera esto puede conmigo, incluso en la bajeza más dolorosa tengo estilo. La vida es estilo, dice Vilas.

   En este caso, tanto el poco apego a las formas como esos orgullosos chapoteos en pleno hundimiento ayudan a perfilar una crisis de largo trayecto en la que uno encuentra distintos pilares: la soledad, el recuerdo, la literatura y las relaciones del escritor con la literatura, la familia y los seres queridos, la muerte, España, la distancia, cierta mediocridad, cierta escasez, cierta ironía, la incertidumbre del futuro.

   El hundimiento es un retrato a la vez personal y social —el suyo y el de España, o el del individuo y el de España, o el de la parte y el todo, si acaso porque el uno se inscribe en el otro o porque está fatal e irremediablemente vinculado al otro. Es más una constatación que una advertencia, más un diagnóstico que una voz de alarma. El hundimiento es un hecho. Vilas une el discurso abstracto con elementos materiales, mundanos, concretísimos, reales. La crisis reside ahí. Esas cosas son importantes. Si la poesía se aleja mucho de esa realidad, se pierde el norte, o algo así. Vilas ha expuesto, entonces, un paisaje ruinoso, atrevido, desolador. El hundimiento es un libro magnífico.


El vacío general de todas las cosas.
La ingravidez de la democracia, la ingravidez
de los parlamentos europeos,
el laico vacío de los edificios públicos.


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