sábado, 25 de julio de 2015

«Matar al padre», de Amélie Nothomb



   —No estoy de acuerdo. Existe una diferencia fundamental: la magia deforma la realidad en interés de otro, con el fin de provocar una duda liberadora; la trampa, en cambio, deforma la realidad en detrimento de otro, con el objetivo de robarle su dinero.


   Ya he debido de decir alguna vez que Nothomb puede ser incómoda, lo puede ser a varios niveles. Tiene tal dominio sobre sus creaciones que puede manejar tramas y vidas a su antojo, puede llevar a un personaje hasta el éxtasis o hundirlo en la miseria más cruel con la misma facilidad. Parece una grandísima titiritera ofreciendo espectáculos con doble fondo (o algo más), siempre bien contenidos. Esta novela tiene algo de eso. Algo de talento y de humanidad, algo de indiferencia y de un genio casi desbordante. Nothomb puede ser otra más de los prestidigitadores de la historia, tanto dentro como fuera de ella. Con un juego divertido que esconde algo de más calado tras la ligereza de la narración, la belga se interna en los entresijos de la relación padre-hijo para ahondar en ella, sobrecargarla y romper la tensión por donde sea, pero romperla, y que siga el juego (si lo hay).

   Hay algo de búsqueda de cobijo por parte de una juventud que necesita un referente y también algo de extravío de esa misma juventud bien al no encontrar lo que quiera que buscase, bien al avanzar rompiendo horizontes para tratar de encontrarse. Y entretanto, tensión entre contrarios, filias y fobias, frustraciones, algún atisbo de condescendencia, alguna dosis de desagradable humanidad y su fría contrapartida, no menos humana.
   La relación entre dominante y dominado no está clara, no hasta jugar la última carta, y nunca se sabe cuándo se ha jugado, menos aún si quienes juegan son grandes ilusionistas, cada uno con sus propios objetivos y sus propias debilidades.


   —¿Y Joe se ha venido abajo desde entonces? —pregunté.
   —Creemos que no. A saber lo que ocurre en la cabeza de un jugador.


   Nothomb sabe como nadie penetrar en las zonas oscuras de la vida humana e iluminarla con cierta perversión e ironía, con una profundidad que baila sin ataduras detrás de historias más o menos corrientes llevadas casi al límite de lo impúdico, poniendo sobre la mesa el ingenio y la debilidad de sus protagonistas, sus logros y sus vergüenzas, su moral y su instinto.


   Si pudiera elegir a mi padre, sería él: misterioso, imponente, con aire de saber claramente adónde va.


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