miércoles, 29 de julio de 2015

«Historia y utopía», de Emil Cioran



   Cioran se cuenta entre esos tipos extremadamente lúcidos con tendencia al abismo, sin que éste empañe aquélla; incluso parece reforzarla y llevarla a una zona más objetiva, casi evidente, que hace que uno esté más dispuesto a aceptar la condición de callejón sin salida de la existencia y las contradicciones y paradojas que guardan enclaves como la idea de progreso o diversas utopías. Todas, supongo. Pero Cioran acaba por no ser lo que parece a simple vista, o no de forma tan sencilla; incluso desilusionaría a más de un incendiario pasional ver a Cioran desmarcarse, en sus años de madurez y echando la mirada a su juventud, del vivo ánimo de aniquilación e imposición de ideas. Es un tipo desengañado, quizá radical y agresivo, pero hay cierta serenidad detrás de sus planteamientos que le distancia del impulso más espontáneo, poco calibrado. Puede que el mensaje último de Cioran en Historia y utopía sea devastador, pero está lejos de regodearse en el mal, lejos de acudir a él por el mero hecho de habitarlo, por vicio; ilumina las zonas oscuras del hombre porque es lo único, parece decir, que puede iluminarse razonablemente si quiere entenderse algo: porque allí están los motivos y las explicaciones del pensamiento y de la acción, y parece inútil vincular al hombre con alguna bondad natural desarmada y descontextualizada.

   La utopía es necesaria para que la sociedad (sobre)viva —es el motor de su revolución y todo eso, porque el hombre no se conforma con los entes y aspira al absoluto, de alguna forma; pero es, claro, una paradoja en sí misma. No hay salida. No hay mejor rumbo. Tanto la sociedad liberal como la comunista acaban, si se las mira y piensa bien, ahogadas, y la utopía —cada una a su manera— es su única salvación y a la vez su mejor conexión con su apocalipsis. Contra la utopía, Cioran trae una Historia desnuda y expuesta, pensada sin artificios y con algo de desdén, con un hombre también desnudo ante los acontecimientos, sumido en el mal que guarda y proyecta, de forma que pueda acabarse con farsas que justifiquen el avance hacia un poder que en el fondo no es tal cosa, que sólo muestra caos, aunque sea un caos firme.

   Nuestros sueños de un mundo mejor se fundan en una imposibilidad teórica. ¿Qué hay de sorprendente, pues, si para justificarla tenemos que recurrir a paradojas sólidas?


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