viernes, 17 de julio de 2015

«Cosmética del enemigo», de Amélie Nothomb



   Para convencer a un elegido de su misión, hay que poner a prueba sus nervios. Hay que poner de punta los nervios del otro con el fin de que reaccione de verdad, con rabia, y no con el cerebro. Y usted, por otra parte, me parece excesivamente cerebral. Es a su piel a quien me dirijo, compréndalo.

   Nothomb no se cansa, y además derrocha talento. Un talento casi perezoso, casi como si le pareciera obsceno alargar sus historias. Y me parece justo. No le hace falta urdir extensas novelas para llegar a altísimos niveles de intensidad. Aquí, además, hay una exhibición de virtuosismo en el manejo del diálogo y de la tensión, una tensión que va aumentando hasta alcanzar su punto álgido y mantenerse allá arriba hasta explotar, hasta desembocar en uno de los finales extraños, casi grotescos, que tanto le gustan.

   Hay un exceso, una confianza no concedida, la ocupación poco pudorosa del espacio ajeno durante el retraso de un vuelo, un conflicto vital en un no-lugar que permite con relativa facilidad la apertura del otro, la penetración en el subconsciente. Nothomb maneja un diálogo agilísimo que se sostiene en múltiples referencias y argumentos para mantener un tira y afloja agobiante, para mantener una pugna entre el yo y el otro y entre el otro y el yo elementos opuestos pero complementarios—, para defender lo indefendible haciendo valer su dominio del lenguaje, para provocar y sostener la íntima conexión —inevitable, parece entre el sexo y la muerte, para jugar con la retórica y mostrar vestigios de una moral que no puede ver ciertas cosas y que tiene otras demasiado claras.
   Nothomb dispara sin piedad, pero con elegancia, con la sutileza de quien controla la situación y se divierte haciéndolo, dejando atrás cualquier nota de solemnidad o condena en su escritura. Ejecuta sin problemas una imersión en el interior abismal del sujeto, y desde ahí, dentro del propio sistema, lo hace descarrilar, usando la trama casi como mero pretexto.

   El peor error que se podría cometer con Nothomb —o uno de los peores— sería pensar que sus muchas y breves novelas surgen únicamente de alguna feliz y espontánea idea: puede que Nothomb escriba con rapidez vertiginosa y con un nervio imparable, pero hay detrás de todo ello una formación filosófica y literaria amplísima, y un entendimiento feroz que permite producir bofetones como éste a la estertórea modernidad. Si hay algún síntoma o índice de contracultura en nuestros días, esa debe de ser Amélie Nothomb.


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