viernes, 15 de mayo de 2015

«Sumisión», de Michel Houellebecq



   Año 2022, sensación de inminente guerra civil en Europa; Francia, gobernada por un partido islamista, y Houellebecq haciendo de las suyas.

   Es raro, pero con esta novela uno puede pensar que Houellebecq no es tan incendiario o de tan cruda indiferencia como muestra otras veces. No sé si sería acertado pensar así, creo que sólo hasta cierto punto; sí creo que este tipo goza de lucidez suficiente para presentar lo que quiera de la forma adecuada, y que ha llevado un cuidado especial al escribir sobre el tema, tanto como para dar lugar a interpretaciones contradictorias sobre su verdadera postura a partir de un escrito medianamente claro. Quizá el asunto radique en conocer el tono del francés y leerle con media sonrisa relajada, no sé. Esta novela podría haber sido un disparo mucho más feroz y menos educado, más hábilmente salvaje, pero lo moderado del discurso hace de esta obra un artefacto menos ingenuo y a la vez más amable de lo que podría esperarse viniendo de quien viene. Igual esto decepciona un poco —uno espera sangre y saltos al vacío y miradas demasiado desafiantes, conflicto—, pero al acabar la lectura se puede respirar y pensar que vale, está bien así, lo ha hecho bien, de todos modos ha dicho lo que tenía que decir y aun se ha permitido algunos codazos cómplices y poco formales. Además, es sólo una novela, supongo, una novela con marca propia, pero sólo eso; es probable que por sí misma no tenga consecuencias directas en el plano social, es probable que para eso hayan de tener lugar otras cosas que difícilmente pueden aventurarse ahora.

   François es profesor universitario, y es en el sistema educativo donde se van a forjar algunos de los cambios más representativos; es quizá donde más resistencia deberían encontrar y donde encuentran más fácil acomodo. Puede que la universidad sea el escenario más apropiado para la escenificación de Houellebecq y para la burla semi escondida que lanza.

   Si se observa el panorama que Houellebecq dibuja, se aprecia inestabilidad y una especie de necesidad de que las cosas estallen o cambien de rumbo, pero sin precipitarse. Si el ambiente social puede compararse con el ambiente mental de François, se palpa hastío, estancamiento, algo de vejez consciente, pero cierto conformismo. El tipo hace un amago de escapada al sur de Francia que resulta un poco absurdo. Ni siquiera hay una sensación de tener que tomar alguna salida radical. Todo avanza lentamente, pero está bien así. Las cosas van a cambiar, pero no van a ser malas, por qué deberían serlo. Hace falta algo a lo que aferrarse, algo que nos salve de...lo que sea, y uno se encuentra con la religión. El islam viene a renovar un escenario que ya no sabe gobernarse, que no sabe siquiera cuál es el rumbo que quiere. Hay algo casi desconocido que se va a imponer, pero ya. A Houellebecq se le ve muy sereno, con impulsos controlados, simplemente exponiendo lo que plantea como hechos: después de analizar y diseccionar en novelas anteriores al hombre y a la sociedad actuales, se proyecta al futuro con la misma seguridad con que abordaba el presente, y si antes parecía hacer una fría vivisección de ese hombre cansado y casi acabado, ahora plantea los cambios sociales con más resignación y más tranquilidad (o desesperación, no sé), pero con un algo de amargura. No podía ser esperanzador. Se ha perdido fuerza, se ha perdido algo elemental que debería mantener vivos a los ciudadanos, y parece, de alguna forma, que la denuncia o la burla comedida es el mejor subterfugio si se quiere hablar de ello, suponiendo que uno no esté también bajo esa sumisión.


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