jueves, 28 de mayo de 2015

«Los pícaros y los canallas van al cielo», de Elizabeth Smart



   (...) Tras haber gritado buscando distracción soy conducida a la terrible página en blanco, (irracionalmente) temblando todavía por si alguien mira por encima de mi hombro; aunque no hay nadie, no, nadie en absoluto ahí, y por esa razón soy conducida. Conducida a la evasiva saliva... ¡Signos de parto!
   ¿Cómo puede Beckett ser tan ingenioso en su agonía?
   Ahora lo sé. Una vez que comienzas a hablar, por supuesto, la agonía aminora —su recuerdo está cerca, pero el alivio provoca risa—. Ya la tragedia se torna en comedia, una forma mejor.


   La historia iniciada en En Grand Central Station me senté y lloré tiene aquí su continuación, y Smart vuelve a escribir demasiado bien. No sé hasta qué punto puede uno dar cuenta de la habilidad de esta mujer en unas pocas líneas, no sé si es posible (acercarse a) señalar el dominio y la fuerza con la que cuenta lo que quiere contar sin terminar de entrar de lleno en la historia, sin mancharse mucho las manos de realidad mientras está hundida en ella casi sin remedio, contando su vida de madre soltera durante la posguerra. La sensación puede ser algo así como estar rodeando la historia, marcando círculos en torno a ella y dibujándola a la perfección —también quemándose cuando en alguna de esas vueltas se acerca más de la cuenta al centro neurálgico—. El baile está cargado de citas, miradas que apuntan en multitud de direcciones, conexiones con la alta poesía, a veces alardes de algo, por qué no; inteligencia, rapidez, ansiedad, obsesión, talento, sangre, instinto, imágenes entrecruzadas; queda lejos cualquier atisbo de cadenas o marcos literarios convencionales.
   Y memoria, memoria para escribir o sobre la que vivir, aunque sea como forma de regeneración.


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