martes, 12 de mayo de 2015

«El lápiz el carpintero», de Manuel Rivas


   Un día, el pintor fue a pintar a los locos del manicomio de Conxo. Quería retratar los paisajes que el dolor psíquico ara en los rostros, no por morbo sino por una fascinación abismal. La enfermedad mental, pensaba el pintor, despierta en nosotros una reacción expulsiva. El miedo ante el loco precede a la compasión, que a veces nunca llega. Quizá, creía él, porque intuimos que esa enfermedad forma parte de una especie de alma común y anda por ahí suelta, escogiendo uno u otro cuerpo según le cuadre. De ahí la tendencia a hacer invisible al enfermo. El pintor recordaba de niño una habitación siempre cerrada en una casa vecina. Un día escuchó alaridos y preguntó quién estaba allí. La dueña de la casa le dijo: Nadie.


   Guerra civil española, sí, otra novela sobre ello, pero ésta da gusto leerla, me parece, y además logra un tono algo desconcertante, variado, a punto de echarte en varios momentos de la lectura, pero sólo a punto. Parece que la maraña no va a poder respirar y que se encamina el ahogamiento, pero sale airosa. En varios momentos he querido leerla de forma distinta a la que pide la propia novela, pero he terminado cediendo al tono casi melancólico y casi realista, así que la comentaré en los mismos términos para hacerle justicia: la obra es un tapiz más o menos extenso y seguro donde se vierten personajes y vidas y escenas sin seguir una camino lineal, una especie de panorama de la crueldad contado de forma amable y tenue, aunque sin renunciar a su verdadero fondo, de manera que al final todo es un poco más escabroso, todo plantea más preguntas con ese velo mágico, protector. Una existencia invisible y algo poética. Inquietud. Una narración que se sabe dura y que desfila por el límite de lo permitido para contar unas cosas y ocultar otras que a veces parecen las protagonistas. Es una observación, diría incluso una forma prohibida, algo impúdica, de observar esas vidas y esos sucesos, y una exposición que, sin ser explícita, parece en muchos momentos alcanzar niveles de desnudez que exceden conscientemente el recato poético con que son escritos.

   Al final queda el eco de unos pasos perdidos en un andén, el recuerdo de unas palabras, la memoria del dolor, y casi, casi, casi una historia sin historia.

   Puede que la figura de un lápiz de carpintero sea pertubadora y genial ahí puesta: en medio del caos y de la muerte, los dibujos creados por un lápiz; en medio de la destrucción, la imagen de un lápiz; para hacer memoria, un lápiz de carpintero; antes de caer en asuntos o formas manidas, la estela de un lápiz; ante la muerte o la nada, un maldito lápiz. Como elemento de fuga y a la vez de concentración, el lápiz. No sé si todo se reduce a eso. Me temo que no, que la historia sigue girando.


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