sábado, 3 de enero de 2015

«Vértigo», de W. G. Sebald


   La diferencia entre las imágenes de la batalla que tenía en su cabeza y la imagen que, como prueba de que la batalla había acontecido en realidad, veía en estos momentos desplegada ante sí, le producía una sensación de ira semejante al vértigo que nunca había experimentado. Posiblemente por este motivo la columna conmemorativa que se había erigido en el campo de batalla le causó, escribe, una impresión de mezquindad extrema. En su ruindad no se correspondía ni con su idea de lo turbulento en la lucha de Marengo ni con el enorme campo de cadáveres en el que ahora se encontraba, solo consigo mismo, como un moribundo.


   Me alegro de haberlo leído, porque ésta es probablemente una de esas lecturas a las que uno acaba volviendo buscando algo: restos de una imagen, alguna oración, una ilusión, una memoria alterada y agitada. Historia. Porque, de alguna manera, lo que une y da solidez a todo el libro —lo que le da identidad— es eso: una agitación, un viaje interior, un conjunto de recuerdos que carecen de algo y buscan otro algo, experiencias, sueños, un juego donde el tiempo tiende a confundirse, donde el espacio casi se suprime; un espacio literario continuo y fragmentado, un panorama que se va forjando con ese afán de captarlo todo, con la multitud de componentes de la realidad entre los que el personaje encuentra relaciones a veces cuestionables, a veces certeras, a veces totalmente inventadas, pero que tienen desde luego su sitio en ese continuum, en ese hogar literario. Un pasado que se trae al presente y que se trata de recomponer, de cuestionar, de difuminar sus límites y, no perdiendo del todo el sentido de lo que se hace, dar una forma con la que hay que hacer una ligera —sólo ligera— abstracción y captar ideas y situaciones. 

   De ahí la investigación, esa búsqueda que se hace dentro del propio espacio que se ha de encontrar y que se presenta como incompleto, quizá mal compuesto. Un espacio vital y literario que es también una mezcla poco clasificable, una mezcla donde casi diría que todo cabe si atiende a esa memoria que se mueve en círculos, que va dibujando —pensando de forma ágil y nerviosa— un horizonte pasado y presente, y que capta el instante con palabras e imágenes, fotografías en el texto que hacen palpable la fuga y la memoria, ese arte de tiempos y objetos que contribuye a pasar por, a visitar, a visualizar, a peregrinar por el mundo que se hace.


   Una vez me preguntó si era periodista o escritor. Cuando le dije que ni lo uno ni lo otro era completamente cierto, quiso saber qué es lo que estaba apuntando en esos momentos, a lo que le repliqué, conforme a la realidad, que tampoco yo lo tenía muy claro, pero que cada vez más tenía la sensación de que se trataba de una novela policiaca.

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