miércoles, 14 de enero de 2015

«Una historia sencilla», de Leonardo Sciascia


   Según dijo, se había enterado de lo sucedido por la radio y los periódicos. Leyó sin comentarios el esquelético informe del sargento y salió a hablar con el comisario.
   Al volver, parecía enfadado con el sargento. «No hagamos novelas», le advirtió. Pero la novela estaba ya en el aire. Dos horas después, se sentaba en el despacho para alimentarla el profesor Carmelo Franzò, viejo amigo de la víctima.


   Quería evitar o retrasar hasta el final el juicio valorativo de la obra, pero no puedo: es muy buena, hay que releerla en algún momento. Tan buena y consciente que tiene claro su objetivo y lo alcanza sin derrochar palabras ni espacio, parece incuso que sin esfuerzo, con cierta capacidad resolutiva. Es una historia sencilla que se dispara, diría, en más direcciones que posibilidades se presentan; la historia es un microcosmos abierto, expuesto, que parece invitar a ver en esa trama o pretexto cómo la justicia —la resolución de un hecho, de un entramado, por claro que parezca— funciona con unos resquicios casi inevitables por donde se filtran opciones que podrían cambiar el sentido del todo, que hacen que la evidencia se reduzca a alguna otra cosa diferente.

   Un suicidio que no parece ni se quiere ver como tal, personajes accidentales y necesarios, excusas reales y coartadas hechas realidad, argumentos re-formulados para convertir una historia sencilla en otra distinta, para llevarla a otro terreno, para dibujar así —a un nivel más amplio, panorámico— la complejidad efectiva, real, de una construcción sencilla, y para señalar también la infiltración de ese tono novelesco que parece ser parte natural de la composición no ficticia, si es que eso existe.
   La investigación no es sólo investigación, es también el elemento azaroso en la lógica, la influencias externas e internas, las intenciones, las dificultades de ver cuando haría falta leer la escena, la corrupción del hombre y del juicio. Las cosas que se escapan, que tienden a ser más o tener más peso que las que quedan atadas. Y Sicilia. Ay, sicilianos.

   Un relato que muestra con precisión y a conciencia las posibilidades nunca cerradas a tener en cuenta. Una novela policiaca, no podía ser de otra forma.

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