miércoles, 8 de octubre de 2014

«Poesía», de Michel Houellebecq



El primer paso de la trayectoria poética cosiste en remontarse al origen. A saber: el sufrimiento. 
(...)
Todo sufrimiento es un universo.
(...)
Ir hasta el fondo del abismo de la ausencia de amor.
(...)
Hay que pasar los primeros test, atascarse e los últimos. Fallar en la vida, pero fallar por poco.
(...)
Desarrollad en vosotros un profundo resentimiento con respecto a la vida. Tal resentimiento es necesario en toda auténtica creación artística.
(...)
Toda sociedad tiene sus puntos débiles, sus heridas. Meted el dedo en la llaga y apretad bien fuerte.
Profundizad en los temas de los que nadie quiere oír hablar. El envés del decorado.



En este volumen se reúnen los cuatro libros de poesía de Houellebecq: Sobrevivir, El sentido de la lucha, La búsqueda de la felicidad y Renacimiento. Y es algo parecido a un mundo, a una visión global. Si sus novelas pueden enfocarse a un punto más concreto y hurgar dentro de él, explotar sus estancadas posibilidades, aquí ocurre algo parecido pero a gran escala, como si todo ese panorama vital fuera barrido con la mirada penetrante, dura, a veces cómica, destructora, certera, mortuoria y analítica de Houellebecq. 
Es difícil no estremecerse o que algo no se remueva en el interior de uno cuando lee ciertos pasajes, ciertas observaciones, muchos disparos certeros que sin embargo ejecuta con tranquilidad. No como si destapara algo al mundo y se asombrara por ello; muestra la naturaleza cruda sencillamente a modo de exposición, aunque, aprovechándose de tener tan cerca un cadáver viviente, lo examina con una mirada poética (y de cirujano) que lleva el desencanto a cuestas. Da la impresión de que Houellebecq sea al menos aquí un materializar esos necesarios pensamientos del manido posmodernismo que a menudo cruzan sin más, pero que él embotella y ofrece con una mueca. Y sin embargo, Houellebecq parece aquí más humano. Muestra incluso puntos débiles. Es uno más, pero uno que observa sin ninguna ingenuidad y con mucha aspereza. La que él (de)muestra es una libertad (un liberalismo) que ahoga, o que encuentra trabas curiosas.
Si su poesía es bien lúcida, su prosa poética, o esos textos a caballo entre una y otra cosa no se quedan atrás. Les saca incluso un brillo distinto.
Él se levanta desde el dolor, pero desde luego no de forma sentimental o con pasión arrolladora, sino con mirada seca, casi resignada, impactante. Extrae conocimiento y, diría, ciencia, de ese terreno árido en el que se mueve. Juega con lo actual, con el rumbo si mucho norte; las cosas, los hechos mundanos, ya son fines en sí mismos. Y aun así, hay ideas. Ideas que mueven proyecto y que emanan vida.

Es pese a todo la misma luz, en la mañana, la que se instala y
aumenta,
Pero el mundo percibido a dúo tiene una significación
enteramente distinta
Ya no sé si estamos inmersos en el amor o en la acción
revolucionaria
Después de nuestra charla sobre el tema, te has comprado una biografía de Maximilen Robespierre.

Sé que la resignación acaba de irse con la facilidad de una piel muerta,
Sé que su partida me llena de un gozo increíblemente fuerte,
Sé que acaba de abrirse un pedazo de historia absolutamente inédito
Hoy, y por un tiempo indeterminado, penetramos en otro mundo, y sé que en ese otro mundo todo podrá reconstruirse.

Sobrevivir, que pone en marcha este compendio, es una apertura abismal. Houellebecq sienta ahí las bases no ya de su poesía, sino diría que de toda su obra, que parece llevar una sola idea, un objetivo claro. Se yergue desde el sufrimiento, desde la destrucción y reconstrucción ya con otra mirada. Desde la apatía, desde el lugar donde la modernidad ha llevado a los desheredados. O a todos. Es una guía, una forma de recomponerse y proceder. Houellebecq se vale de su escritura como una especie de huida hacia adelante: es poco probable que sea una forma de salir del atolladero, más bien de entrar de lleno en él y desde ahí buscar otras salidas. Cualquier otras. Y sin perder la burla de tanto en tanto.
Houellebecq es uno de los más grandes escritores franceses —y probablemente del mundo— de nuestra época. Leerlo es ver a través de otro prisma, y desde luego merece la pena dejar que derribe algún tabique y te haga mirar con ese tono parduzco.

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