martes, 14 de octubre de 2014

«Historia del ojo», de Georges Bataille


Es realmente complicado leer a Bataille y salir indemne. Además de complicado, creo que sería un fracaso como lector. El precio a pagar entonces si se hace bien es dejarse uno llevar por ese mundo deformado, dejar que esas imágenes obsesivas y casi insondables guíen a uno en lugar de imponerse uno mismo a la lectura. Es abismal. Puede que aflore una sonrisa divertida leyendo ciertas escenas —casi todas, diría— y luego se le congele si se atiende sólo a la superficie, al primer —pero secundario— plano, que no deja de estar. Lo que ocurre en la escena es una macabra zambullida en el fango y un goce sin goce. El gozo o la satisfacción no se hallan tanto en el propio acto sexual como en su visión, en su presencia, en su composición; de ahí la fijación por la masturbación, por el que los planos convencionales se distorsionen y superpongan: ese ojo, esa visión incesante también se transforma, también se hace objeto. El placer está en los ojos y el placer se materializa. Los desdoblamientos llegan de forma arrolladora. La tensión que se da dentro de ese asalto a la moral, al pecado, lleva la razón hasta límites donde probablemente los personajes se perderían. Y la muerte. La idea de la muerte, la cercanía de la muerte, el morbo de la muerte. El erotismo de Bataille está irremediablemente ligado a la muerte, como si fuera inconcebible una cosa sin la otra, como si se atrajeran para poder existir. Una especie de placer que se da en la misma decadencia que lo hace posible.
Es surrealista y no, y es erótico y no. En cuanto a lo segundo, porque, aunque totalmente válido y concienzudo, no deja de ser un mero pretexto, un atinado juego que permite poner en danza lo que se esconde detrás. No es, ni mucho menos, una historia erótica o pornográfica cuyo fin sea ese mismo erotismo o esa misma pornografía. Hay que mirar el trasfondo. En este punto, entonces, es surrealista —como señala Vargas Llosa—: en el fondo y no en la forma. La forma tiende a ser objetiva, real; el contenido se dispara, enloquecido y pervertido, en otras direcciones. Puede que esto incremente incluso la carga surrealista, el poder que ejerce. Es sólo hasta cierto punto automático, sin excesivo peso del irracional, sin suspensión de; más al contrario, parece que una razón lúcida se yergue para mover las imágenes y relaciones (reales, oníricas) y conexiones de esos dos mundos —y a la vez uno solo—, para dirigir a los personajes en una especie de frontera entre la vigilia y el sueño, o en una confusión consciente. Parece continuamente que están a un paso de saltar al abismo y sumirse en una locura sin remedio (aunque divertida y plena, vaya). Parece un paseo (no del todo voluntario) por el desfiladero. Es el deseo, la transgresión, es la huida, es el reconocimiento, la realización del pensamiento, la provocación llevada al extremo. Todo con un propósito detrás que le da una fuerza y un sentido que de otra manera no tendría y cuya ausencia haría que toda la construcción se viniese abajo.

Las piezas, todas ellas, son inseparables, igual que las conexiones que se crean. Un conjunto indisociable. Un sistema de hallazgos de niños y de rebeliones que evoluciona hasta llevar esa obsesión visual casi hasta el límite. Si de alguna manera el motivo primero de la vorágine puede ser el levantamiento contra el poder paterno —la prohibición e incitación a— poco más tarde se hace por diversión, por la atracción adictiva, por la sensación del riesgo, por experimentar, por la necesidad de una exploración física y psíquica. Es una búsqueda deformada y exacerbada de la autonomía, de soberanía, de poder erigirse de forma independiente. De pasar al siguiente estadio. 
Es una obra fascinante. Una abrumadora serie de posibles. Inteligente, un poco enfermiza, incluso cuestionable. Hay que pensarla y repensarla. Hay que volver a ella, volver a sus orígenes y observarla desde allí, pero sobre todo que no escape. No pasar sin leerla.

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