domingo, 10 de agosto de 2014

«Ni de Eva ni de Adán», de Amélie Nothomb




—Perdóneme, no consigo entender su pintura. ¿Podría explicármela?
—No hay nada que entender, nada que explicar —respondió con desagrado—. Sólo hay que sentirla.
—Es que, precisamente, no siento nada.
—Peor para usted.

(...)

Existe una imposibilidad técnica de contar lo sublime. O no eres interesante, o resultas cómico.

Con Nothomb todo es un poco más seco y hasta cómico, sin perder la compostura cuando lo necesita. Nothomb regresa a Japón y se propone dar clases de francés a un tipo mientras ella va resucitando su japonés. Da la impresión de que Nothomb tenga sentimientos encontrados con su querido Japón, si es que no es simplemente el encontronazo con la Amélie occidentalizada, encontronazo(s) que narra con la mirada aguda, irónica y divertida de siempre. Aunque parezca extraño, Nothomb no escapa del amor, sólo que los amores que vemos en sus novelas tienen otra forma, una extrañeza, una distancia, una comicidad, una voz tajante y reaccionaria que imprime su huella personal por donde pasa. Con Rinri, su alumno de francés, la aventura amorosa por su viejo Japón se hace más llevadera y curiosa; Nothomb va redescubriendo el lugar y las costumbres y las maneras, se va haciendo más de allí, sin olvidarse de ella misma. 
Por una de esas extrañas casualidades —será que unos libros llevan a otros, qué sé yo— leí hace poco Hiroshima mon amour, y aquí Nothomb habla de él, se lo lee a Rinri, habla de Duras, de la forma de (no) entender sus novelas. Y es que parece que hay algún punto, aunque no igual, ligeramente parecido. Nothomb tiene esa precisión milimétrica que sugiere casi tanto como realmente dice, que abre otras puertas, que dice y habla. Juega muchas veces con la incomprensión tanto de los personajes como de los lectores en un tira y afloja en el que uno ve a la belga sonreír tras bambalinas y seguir tejiendo su historia con una especie de voz lacónica. Las novelas de Nothomb pueden parecer superficiales, pero tienen más calado del que aparentan. En esa actitud rompedora, o con tendencia a ello, de papeles enfrentados, ese ánimo de enarbolar una contracultura emergente, van surgiendo fogonazos lúcidos que ofrecen cohesión a las historias. Creo que comenté a cuento de alguna otra novela suya que en Nothomb más que diversas novelas casi podría haber una sola —como con tantos otros, vaya—, un tema o casi obsesión principal que las une y les da forma, ese es. 
Y la huida, también como reacción, como forma de no establecerse, de cambiar, de seguir viendo y experimentando, y de seguir escribiendo.

Al parecer, huir es poco glorioso. Lástima, porque es muy agradable. La huida proporciona la más formidable sensación de libertad que se pueda experimentar. Te sientes más libre huyendo que si no tienes nada de lo que huir. El fugitivo tiene los músculos de las piernas en trance, la piel temblorosa, las fosas nasales palpitantes, los ojos abiertos.
El concepto de libertad es un tema tan manido que las primeras palabras me hacen bostezar. La experiencia física de la libertad es otra cosa. Uno debería tener siempre algo de lo que huir, para cultivar esa maravillosa posibilidad. De hecho, siempre hay algo de lo que huir. Aunque sólo sea de uno mismo.

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