domingo, 10 de agosto de 2014

«Modo linterna», de Sergio Chejfec




Chejfec ha sido uno de los últimos buenos descubrimientos con los que me he topado. Además, como comentaba en la entrada sobre Mis dos mundos, vi a Chejfec en una presentación de éste que ahora comento y salí de allí deseando leerle (y coger un pedazo de papel y escribir algo, impresiones, huellas de qué sé yo, pero escribir). 
Hablando sobre su forma de narrar, Chejfec comentó que estos relatos podrían haber sido novelas tanto como sus novelas podrían haber sido relatos más o menos cortos. Creo que esta idea está ligada a esa narración que cabalga sobre la experiencia, sobre una observación analítica y pormenorizada que —y ahora entiendo mejor el comentario de Vila-Matas: Chejfec pone en marcha desde dentro —como dinamita pura— un mecanismo narrativo que, por su lectura implacable de la realidad, nos acerca a la verdad muda del vago flotar kafkiano— configura una nueva forma de crear u organizar, de despedazar la realidad sin consecuencias, exponiéndola de forma hasta cierto punto distante, haciéndose parcialmente con ella. Se presenta como una visión panorámica que va moviendo su foco de atención lentamente por toda la zona sin que casi nada pase desapercibido, o sin casi nada de lo que a él le interesa, iluminando a ratos unas zonas y dejando otras a oscuras. Una mirada inteligente, atenta, que se condensa y ralentiza para proseguir su rumbo, cadenciosa, cuyo terreno de juego son los resquicios que a menudo se pasan por alto, quizá también formas de abordar hechos, interpretaciones y conclusiones abiertas que se acercan a ese certero análisis visual y sensorial. Chejfec acumula percepciones y las va ofreciendo de manera difusa, casi intuitiva —respecto a las dos imágenes que aparecen en Hacia la ciudad eléctrica, señaló Chejfec en aquella presentación que su intención era que aparecieran poco o mal enfocadas, tal cual fueron hechas, de manera que se acercaran un poco más a la realidad, aunque con la publicación arreglaron eso—. La narración se detiene, se expande, se complica; no pretende mostrar la realidad tal cual es, ni mucho menos simplificarla: su objetivo es un mero acercamiento, un análisis parcial o en todo caso propio y concreto y por ello no total —no podría ser de otro modo, diría Chejfec—, una aproximación al panorama que, es consciente, no puede abarcar por completo ni de forma exhaustiva, pero con todo, sí cabe, y casi es necesario, ese acercamiento, esa tentativa. En estos nueve relatos hay viajes, tanto interiores como exteriores, que proyectan esa mirada, que propician la noción de viaje, de desplazamiento, de exilio, de extranjería. De estar, en fin, en otro lugar, también en no-lugares,  en esos intervalos que mueven las manecillas, en esas transiciones. Más que espacios físicos, terminan cobrando más relevancia los espacios mentales que sobre ellos se forman, los conceptos que entran en escena.
Chejfec adopta el papel de explorador cerebral y silencioso de lo que ya parece estar explorado, y sin embargo extrae una mirada nueva, una composición distinta, cautelosa, como si la fuera tallando con sus propias manos. 
No puedo decir que no haya tenido dudas. Iba leyendo y de vez en cuando pensaba qué es esto, por dónde va el asunto, qué se ve al final, pero parece que tarde o temprano uno acaba cayendo en esa voz baja, en ese relato continuo, y piensa que sí, que Chejfec merece estar entre los grandes.

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