lunes, 7 de julio de 2014

«Ordeno y mando», de Amélie Nothomb




—Desde Kafka, está demostrado: si no eres paranoico, eres culpable.

A veces parece que determinados libros caen en manos de uno de forma poco casual. Parece, digo. Últimamente me asaltan las imposturas y los juegos de sombras e identidades y frustraciones secas. Buscando ayer algo de Nothomb vi ésta y no me lo pensé mucho. Creo que ésta es una de sus novelas menos sangrantes y casi más livianas, aunque sólo sea porque la estructura y la línea no se acercan tanto a ese bofetón (o bofetones) a los que acostumbra. Aquí el juego más interesante circula a otro nivel, quizá ocultándose con cierta sutileza —o sin tanto descaro— tras la excéntrica trama superficial.
En una cena a la que ambos iban invitados, alguien le dice a Bordave que si un invitado muere de súbito en su casa, llame a un taxi y no a la policía ni a emergencias. Así se evita uno problemas. Los periodistas siempre tendrán a mano el murió de camino al hospital y las sospechas se situarán lejos del anfitrión y de su casa. A la mañana siguiente, como parece que era de esperar, un tipo aparece pidiendo ayuda en casa de Bordave y a los minutos cae muerto al suelo. Bordave recuerda entonces la noche anterior y se la juega: cambia de identidad. Puede cambiarse perfectamente por el muerto y realizar un completo cambio de vida, de casa, de mujer, de situación. Ya Bordave no se acuerda de Bordave, él no es él. Un juego de identidades en el que no deja de haber algo extraño, algo demasiado casual que irá poniendo en alerta al personaje y marcando el rumbo de la impostura. Es como si la atención, la importancia, pasara de la posible resolución al propio rodaje de lo que ya está en marcha. Una usurpación, una aceptación más sentimental que racional, una huida, un juego de artimañas que permite la inercia que se requería para seguir avanzando. Bordave pasa de tener una vida insulsa y frustrada a tenerlo todo y, adquiriendo otra identidad y de forma casi automática, rompe ataduras y vive una libertad que no conoce. La mentira como motor y justificación de los hechos. Una culpabilidad inexistente ha llevado al protagonista a sumergirse en una vorágine que parecía de alguna forma inevitable, e igual ha sido mejor así.
A veces me planteo esto del vuelo raso y rápido que suele llevar Nothomb en sus novelas. Aunque parece claro que hay puntos bastante más fuertes que otros, no puedo decir que no me guste la autora y que no merezca (mucho) la pena. Tiene giros maravillosos y despegues de vértigo, brillantes, aunque no siempre mantenga el tono. Pero es probablemente de esas personas a las que siempre viene bien leer y ver cómo lo pasa en grande escribiendo, y claro, disfrutar nosotros con ello.

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