sábado, 12 de julio de 2014

«Invisible», de Paul Auster


Auster tiene un encanto muy particular, una fluidez que te acompaña a lo largo de la narración sin obstáculos de ningún tipo. No parece que llegue a puntos de intensidad como los de Vila-Matas, citado en esta novela; su fuerza es otra, sin que por ella sea menor. En esta reciente novela despliega con sutileza una historia rutinaria jugando con personajes, con realidad y ficción, con suspense, con diferentes enfoques y narradores (casi a modo de taller de escritura, diría) y con una trama que hunde sus raíces en ciertos arranques vitales y asaltos metaliterarios. Puede que esta novela sea una bocanada de aire fresco para un Auster que antes se tambaleaba. Puede, con todo, que sea una muestra de aquello que dice Vila-Matas del triunfo del estilo sobre la trama, aunque me temo que no es éste el mejor ejemplo que podría tomarse. Creo que aquí destaca mucho más la escritura de Auster como técnica bien esculpida que como estilo arrollador que arrastre la trama, que la lleve tras de sí con esa fuerza tan literaria. Sea como sea, reconforta ver que no se acaba ahí la cosa. Hay algo —algo invisible— que consigue guiar la historia para que no sea una mera historia, que la va cohesionando y le ofrece trasfondo: ese motor invisible, esa curiosidad por reconstruir la historia, por hallar y encajar las piezas que faltan, por dar con la verdad, por descubrir la cara oculta de éste y aquél, los entresijos de un juego de máscaras y fuerzas. Ese recuerdo y esos testimonios más o menos acordes que conforman una historia que de todos modos cuenta con lagunas o relativas incógnitas. Unas incógnitas que juegan en dos niveles, que se superponen y completan y que aun así no pueden solventar todos los recovecos que una historia con cierta base real tiene, o debe tener. Supongo que si no fuera así, si todo estuviera claro, perdería bastante.
Walker parece aquí un reflejo distorsionado del propio Auster. 1967, veinte años, estudiante en la Universidad de Columbia, proyecto de literato. Una noche conoce a Born, profesor de la universidad, y a Margot, su pareja. A partir de ahí todo irá liándose; Born le ofrece a Walker asumir los gastos para fundar una revista literaria que él, Waker, dirigirá. Esta iniciativa tocará a su fin aun sin empezar cuando Born acuchille a un joven que intentaba robarles; Walker pondrá distancias con el profesor y, casi de rebote, la intensa relación que había surgido de forma poco casual con Margot también se ve más o menos truncada. Pero todo y aquí todo es el conjunto de la historia como tal, como estructura formal— llega a otro nivel cuando vemos que Walker envía ese escrito a un viejo amigo para que le ayude a continuar. Es aquí cuando se inicia el juego de narradores y proyecciones e historias y personajes. La realidad sufre una especie de colapso al ser así contada y, sobre todo, cuando Walker deje sin acabar el tercer y último capítulo de la novela.
Las historias empiezan a cruzarse y a entretejer Auster un flujo tan vital como literario. Seducción, tensiones casi controladas, juegos de identidades tanto en la propia historia como en la (super)estructura. Una historia dentro de otra historia que le da forma y colabora en su juego. Es probable que en este sentido el mayor logro de la novela sea ese otro nivel, ese juego literario y ese elemento invisible de trasfondo para dejar en segundo plano la trama en sí. Parece que ésta no tiene tanto poder como el dominio, como la técnica que demuestra Auster.
Por alguna razón no puedo comprometerme con la novela como lo hago en otras ocasiones. Puede que esperara más de ella, o puede simplemente que viniera buscando otro trasfondo. Sea como sea, no puedo desmerecerla. Es una gran obra y Auster uno de los grandes.

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