viernes, 18 de julio de 2014

«Cuaderno [...] duelo», de Miguel Ángel Hernández


No esperaba encontrar lo que encontré aquí, no sé muy bien por qué. Imaginaba otra cosa, incluso lo abrí con cierto recelo. Pero me absorbió. Ha acabado el pobre libro lleno de páginas dobladas y señales y notas sueltas, provocándome una sensación un poco extraña. Como si hubiera cosas evidentes que sólo después de leídas resultaran serlo. Como un destape con voz suspendida. Lugares comunes que no lo son, o que se tornan ligeramente diferentes, actualizados, con un enfoque que parece barrerlo todo —con buena mano y consiguiendo con una cierta y sólo cierta distancia que el sentimiento no empañe, no desvirtúe el relato—, con una puntuación y una cadencia que ayuda en mucho a toda la composición. 
No quedándose tranquilo con salvar ese aparente obstáculo, Hernández logra que el tiempo y la palabra, la escritura, regresen, de alguna manera, a su cuna, quizá para ordenar momentos o estancias, para mantenerlas vivas. Donde parece, sobre todo cuando la herida es demasiado reciente, que las palabras no tienen ninguna función y resultan vacías e inútiles, ese distanciamiento, tanto temporal como, diría, mental, les ofrece de nuevo un poder que quizá nunca perdieron. Quizá la palabra seguía viva y seguía donde siempre, pero también ella necesita su momento y su forma. Parece que en relatos como éste es cuando uno percibe con mayor claridad la necesidad del estilo, de que que la forma domine el fondo, la importancia de la acción de escribir.
El olvido, la zozobra, la lucha mental, la tregua, las percepciones, la materialidad, la nada. La relación que la escritura crea entre nosotros y el mundo, entre nosotros y las cosas y las franjas que nos separan, también entre nosotros y los hechos. Puede que sea algo como escribir para entender, para volver a pasar por el filtro y hallar cosas nuevas, o para hallarlas mejor.
Lo llamo relato porque, sinceramente, aún no sé bien cómo hacerlo. Es una forma de volverse a hacer, de volver a ser, de usarse incluso. Es extraño. Como un ensayo sin error, un ensayo que no admite error. Podía haberse hecho de otra forma, atendiendo a otras proyecciones, pero tal como está parece que sea esto. Y ya. Una purga. Una verdadera necesidad. Una muestra que pone en relación la vida y la muerte, lo inefable, la ruptura. Y la comprensión.
Cuatro capítulos o apartados que responden a una misma razón, razón que se va desdibujando o viendo desde perspectivas oblicuas. Arranca con el impacto de la muerte de la madre, pasa por un relato que vuelca la mirada en Cézanne (y, como él, en esos malditos artistas, que nos arrebatan el mundo), plasma un recuerdo inquieto sobre la muerte del padre y acaba con un cierre que parece volver al inicio, a la impronta de la literatura, al origen de su propio relato y de él mismo. Al laberinto, a la búsqueda, al vacío, a la confusión, a la escisión, a una relativa resignación.
Probablemente sea de los mejores descubrimientos que haya hecho este verano.

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