domingo, 27 de julio de 2014

«Hiroshima mon amour», de Marguerite Duras




Tenía muy en mente a Marguerite Duras desde que leí París no se acaba nunca. Ahora puede que sea o vaya a ser en poco tiempo una de esas pequeñas-grandes obsesiones que me hagan asaltar su obra sin mucha piedad y delirar un poco. Pero no importa. Hasta lo agradezco. No sé. Aquí he encontrado algo distinto, una forma de exposición que me abre muchos caminos formales muy atractivos. El material literario para la película. Y hasta cierto punto extraño. Es de amor, pero también es de Duras, y eso no encaja totalmente, no a la perfección. O quizá sí, quizá con esa visión fragmentada y difusa. Tenía que ser bueno. Es un amor —como cualquiera, diría la autora— que nace de la agonía, de la muerte, de las cenizas. Hiroshima y amor y fragmentación, imágenes desgajadas, conversaciones que se sustentan en puntos que a menudo no son explícitos, no se ven, pero se sienten como trasfondo.

Este es uno de los principales designios de la película, acabar con la descripción del horror por el horror,  pues esto lo hicieron los japoneses mismos, pero hacer renacer este horror de esas cenizas inscribiéndolo en un amor que será forzosamente particular y "deslumbrante". Y en el que se creerá más que si se hubiera producido en cualquier otra parte del mundo, en un lugar que la muerte no ha conservado.
Entre dos seres lo más alejados geográficamente, filosóficamente, económicamente, racialmente, etc., que puede estarse, HIROSHIMA será el terreno común (¿el único en el mundo quizás?) en el que los datos universales del erotismo, del amor y de la desdicha, aparecerán bajo una luz implacable. En cualquier otra parte que no sea HIROSHIMA, el artificio se impone. En HIROSHIMA, no puede existir, so pena, además, de ser negado.

Muchos conceptos y relaciones aparentemente lógicas se vienen abajo. El amor que se da no es el amor que conocemos y —menos mal— tampoco uno de película, no uno de manida ficción. Por eso hablar como se habla aquí de amor, en estas condiciones y de esta forma, resulta extraño. Extraño y altamente atractivo. A veces da la sensación de ser una sucesión rota y luego resuelta, que sigue, una especie de cadena de alguna forma coherente que se eleva en su existencia fugaz, pasajera, que se va abriendo y mostrando conforme la técnica hace de ella una altísima muestra literaria, de relativa locura y respuestas secas.

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