domingo, 25 de mayo de 2014

«Shakespeare nunca lo hizo», de Charles Bukowski




Es curioso ver que cuando algo se interioriza llega casi a automatizarse, a ser natural. Aquí Bukowski escribe como de pasada, redactando la crónica de un viaje, de una carrera literaria que va siendo también la de su vida y la de sus conocidos ramalazos. A veces parece que más que escribir golpee el papel, lo manche, escriba con saña —aunque de tanto en tanto se intuya algún atisbo de serenidad—, y le salga bien.
Año 78; Bukowski, como otros escritores americanos, es más conocido en Europa que en su tierra. Supongo que no se puede decir que viniera con ilusión, si es que tenía alguna ilusión, pero sí que iba con su peculiar prisma y su bebida (o en busca de ella) y sus certeras descripciones arrojadizas y comentarios mordaces e ingeniosos. Con su ingenio personal, claro. Y con sus reflexiones salvajes

Las entrevistas matinales siempre eran las más duras, resacoso, intentando tragarme la cerveza. No, no tengo ni idea de por qué soy escritor. No, mi obra no tiene un significado especial que yo sepa. ¿Céline? Oh, claro. ¿Por qué no? ¿Si me gustan las mujeres? Bueno, a la mayoría prefiero follármelas que vivir con ellas. ¿Qué creo que es importante? El buen vino, la buena fontanería y poder dormir hasta tarde por las mañanas. ¿Que si de verdad me molestáis? Claro que sí. ¿Esperáis que empiece a mentir a los 58 años? Invitadme a una copa. No, no fumo porros. Esto es sher bidi de Jabalpur, la India...



Se presenta como uno de esos buenos desencantados que no lo han perdido todo, aunque no sepa muy bien qué le queda, pero tampoco le importa mucho. Si queda miseria y confusión y pérdida e indecencia quizá sea que es eso lo que toca. Quizá sea que el eco de ese sinsentido sea lo que acaba por dar un motivo, como él mismo vendrá a decir por ahí. Eso debe de ser. El hedor de la inmortalidad. O un epílogo a base de poemas en los que palpita y retumba su voz.

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