sábado, 3 de mayo de 2014

«La perla», de John Steinbeck



Si algo puede caracterizar a Steinbeck, debe de ser su preocupación por el pueblo, su arraigo en la tierra, la escritura que hunde sus raíces y se funde con ellas, con la identidad de la gente, con la pobreza del sur norteamericano, con las convicciones de esa gente que vive oprimida y que defiende su causa con un motivo de peso.
Una perla que iba a suponer la salvación para un pobre pescador y su familia acaba convirtiéndose en una atracción para la desgracia, para la amenaza que no deja de acechar. El peligro aparece en la sombra de la casa, les sigue los pasos, se cierne sobre ellos como si nada pudieran hacer por evitarlo, incluso como si la huida fuese un callejón sin salida, aunque esto sólo saldrá a la luz al final, cuando un severo cambio se dibuje en los personajes y les imprima un vacío donde antes ponían la mirada. 

Es maravilloso el modo en que un pueblecito se mantiene al tanto de su propia existencia y de la de cada uno de sus miembros. Si cada hombre y cada mujer, cada niño o cada bebé actúan y se conducen según un modelo conocido, y no rompen muros, ni se diferencian de nadie, ni hacen experimento alguno, ni se enferman, ni ponen en peligro la tranquilidad ni la paz del alma ni el ininterrumpido y constante fluir de la vida del pueblo, en ese caso, pueden desaparecer sin que nunca se oiga hablar de ellos. Pero, tan pronto como un hombre se aparta un paso de las ideas aceptadas, o de los modelos conocidos y en los cuales se confía, los habitantes se excitan y la comunicación recorre el sistema nervioso de la población. Y cada unidad comunica con el conjunto.

La confianza se ha esfumado y el primitivismo se palpa ahora sensiblemente en el ambiente, en los gestos de los demás, en la seguridad propia. Steinbeck sigue el paso del pescador y su mujer y su hijo y muestra sus motivaciones y emociones, mientras que los demás son casi meros espectadores que no dejan de estar al tanto. El canto tradicional se hace ahora oscuro, inspira temor y pone alerta. Steinbeck lo traza implicándose pero de forma distante, con una narración algo áspera, como si incluso pudiera tocarse la tierra seca y yerma, recreando un realismo que conecta con la naturaleza, con ese arraigo a veces desmedido y místico. Una naturaleza a la que se regresará luego para poner fin al mal, para zanjar el peligro, aunque la sombra que acechaba ya haya hecho su parte y arrojar la perla al mar no sea sino un remedio ya sin mirada, sin demasiado horizonte.


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