miércoles, 14 de mayo de 2014

«El club de la lucha», de Chuck Palahniuk




Es lo que ocurre en los casos de insomnio. Todo es muy lejano: la copia de una copia de una copia. El insomnio te distancia de todo; no puedes tocar nada y nada puede tocarte.

La destrucción trae la liberación y la ruptura de las cadenas. Los objetos son sólo burdos objetos, la realidad más mundana es una quimera detestable, los deseos sólo pueden ser deseos de completarse, de reafirmarse, de distanciarse. Control. Control llevado por una escritura directísima y casi milimétrica y punzante. Una escritura que se recuerda y se recoge a sí misma; frases que se repiten a lo largo de la historia como flashes certeros que van retrotrayendo pasajes vivos y fugaces que de pronto te golpean y la historia sigue. No se puede detener. Un ritmo trepidante. El mecanismo se ha activado y no hay vuelta atrás, aunque quizá sería deseable.
El club de la lucha se funda para creer y crecer, para expulsar frustraciones, para tomar tierra y a la vez elevarse por encima de esa putrefacción terrena. Todos esos hombres van a pelear y a gozar de los golpes que dan y reciben de otros hombres que no conocen, pero que son como ellos; gozan de las heridas, de la sangre, de destruir cosas bellas. Cuando empiecen a multiplicarse los clubes de la lucha, Tyler dirá que recluten a los tipos provocando la pelea en cualquier lugar y consiguiendo perder. Consiguiendo que el futuro miembro del club de la lucha, que casi con seguridad querría evitar la pelea, gane y sienta que puede, se sienta poderoso, experimente la sensación del golpe y de la destrucción.

La primera regla del club de la lucha es que no se habla del club de la lucha.
(...)
La segunda regla del club de la lucha es que no se habla del club de la lucha.
(...)
Esta es la tercera regla del club de la lucha: cuando alguien dice basta o resulta herido, aunque esté fingiendo, se da por terminada la pelea.
(...)
Solo dos tíos por combate. Un combate cada vez. Se lucha sin camisa ni zapatos. El combate dura lo que haga falta.

Hace falta una vía de escape. Hace falta llegar al culmen del anhelo, aunque lograrlo pueda ser paradójico. Los hombres que van a luchar a sótanos y bares los fines de semana no son los mismos hombres que después van malheridos a sus puestos de trabajo en oficinas y similares, no son sus nombres, ni su familia, ni sus pertenencias. Al final parecería que no-son, y que así se lleva a cabo el proyecto de Tyler Durden. El sabotaje comienza por ellos mismos y pronto será proyectado desde dentro del propio engranaje hacia fuera, hasta alcanzar esferas inquietantes... o que todo se desmorone. Todo se destruye (o tiene que hacerlo). Un asalto salvaje al sistema. Una especie de anarquía catárquica e igual algo alterada o atormentada.
Hay que tocar fondo y volver renovado a la superficie. Distancia. Copia de la copia. Poder. Liberación. Recuerdo. Autodominio o ruptura con él. La persona ha explotado. Más control.

—Solo después de haberlo perdido todo —dice Tyler— eres libre para hacer cualquier cosa.
(...)
—El desastre es una parte natural de mi evolución hacia la tragedia y la disolución —susurraba Tyler.
(...)
—Estoy rompiendo las ataduras a la fuerza física y las posesiones terrenas —susurraba Tyler—, ya que solo mediante la autodestrucción llegaré a descubrir el poder superior del espíritu.

Hace falta socavar los cimientos de todo lo que se erige, y para eso crea Tyler el Proyecto Estragos. Acabar con la cultura, con la posesión, con el dominio. El objetivo es destruir la civilización. El sabotaje interno. El individuo ya no es individuo, los lugares tienden a ser no-lugares y a disolverse, ahora hay otras señas de identidad y de familia, como las marcas en el rostro.
Tyler representa una especie de director de la orquesta que se va gestando y creciendo peligrosamente. Es el tipo seguro y firme que va por delante del narrador, un hombre éste que podría ser cualquiera, un individuo común, hastiado y en proceso de putrefacción. La aparición de Tyler dará un vuelco radical a la vida y a la existencia de este hombre. Un vuelco, como decía de la escritura de la Palahniuk, salvaje, animal.
Y Marla. Creo que a Marla hay que descubrirla con la propia lectura.
El culmen que comentaba antes parece que llega. No podía llegar sin destrucción (ni confusión). No podía llegar sin más. No podía simplemente llegar.
Palahniuk viene a derribar muros y convicciones, y a veces no está mal abrirse a ello.

—He visto a los hombres más fuertes y listos que jamás hayan existido — su rostro perfilado contra las estrellas que se reflejan en la ventanilla del conductor—, y son hombres que trabajan en gasolineras o sirviendo mesas.
(...)
»Nuestra generación no ha vivido una gran guerra ni una gran crisis, pero nosotros sí que estamos librando una gran guerra espiritual. Hemos emprendido una gran revolución contra la cultura. La gran crisis está en  nuestras vidas. Sufrimos una crisis espiritual.

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