domingo, 18 de mayo de 2014

«Esperando a Godot», de Samuel Beckett




«ESTRAGON: ¿Y qué hacemos ahora?
VLADIMIR: No sé.
ESTRAGON: Vayámonos.
VLADIMIR: No podemos.
ESTRAGON: ¿Por qué?
VLADIMIR: Esperamos a Godot.
ESTRAGON: Es cierto.»

Esto es algo así como pasear la vista por las páginas y sentir la inquietud, la incomodidad de que hurguen en tu cabeza y te aprieten los sesos y las frases se disparen sin piedad y todo se suceda con la impasibilidad que hay donde no ocurre nada, donde la espera es el centro, donde no nos movemos, donde puede que todo se confunda y al final hasta la verdad sea una burda quimera que pasa como una leve brisa. Los disparos son múltiples, aunque todos parecen desembocar en una misma encrucijada. Supongo que lo bueno es que no se dice nada, y así, se arrojan muchas cosas sin miedo. 
La escena parece el resultado de lo que queda donde parece sentirse el anhelo de una música que ya no suena, y que, ahora, uno se pregunta si verdaderamente sonó alguna vez o si siempre ha vivido en este silencio, en esa nada.

«(Silencio.)

POZZO: No consigo... (duda)... marcharme.
ESTRAGON: Así es la vida.

(Pozzo se vuelve, se distancia de Lucky, dirigiéndose hacia bastidores, soltando cuerda a medida que se aleja.)»

Teatro del absurdo. Una maestría asombrosa la de Beckett. Me encanta, por si no quedaba del todo claro.
Uno va leyendo y piensa (rápido, sin pausa, sin tregua) que es verdad, que algo pasa pero que no pasa nada, y que lo está retratando bien, demasiado bien, y que se acabe ya o todo va a explotar y después de la explosión habrá de nuevo un angustiosa calma y habrá que empezar de cero. Y eso es un esfuerzo considerable, así que mejor no.

«VLADIMIR: A veces me digo que, a pesar de todo, llega. Entonces me siento muy raro. (Se quita el sombrero, mira dentro, pasa la mano por el interior, lo sacude y se lo encasqueta de nuevo.) ¿Cómo decirlo? Aliviado y al mismo tiempo... (busca)... aterrado. (Con énfasis.) A-TE-RRA-DO. (Se vuelve a quitar el sombrero y mira el interior.) ¡Vaya! (Golpea la copa como para hacer que algo caiga del interior, mira hacia dentro otra vez y se lo encasqueta de nuevo.) En fin... (Estragon, con un gran esfuerzo, logra descalzarse. Mira el interior de su zapato, pasa la mano por el interior, le da la vuelta, lo sacude, busca en el suelo por si ha caído algo, no encuentra nada, y vuelve a pasar la mano por el zapato, la mirada vaga.) ¿Y?»

Vladimir y Estragon esperan a Godot, al maldito Godot. Y esperan y esperan y esperan, y no llega y no llega y no llega. Pero pasan cosas. O no pasa nada. ¿Cuál su papel en todo esto? ¿Qué está pasando? ¿Adónde se dirigen? ¿Y si se ahorcaran? ¿Y si se fueran muy lejos de aquí? ¿Y si...? Bah. No importa. Hay una especie de angustia vacua, una ansiedad medio aplacada que apunta a un vacío (des)consolador y que de alguna forma apacigua esa inquietud mediante un muro, mediante la falta de expectativas más allá del telón.
No se sabe cómo es Godot, ni siquiera si existe, si existe el árbol, si existe el ayer, y finalmente si existen ellos mismos. ¿Qué hay? No se sabe muy bien. Hay alguna respuesta fácil, pero peligrosa.

«ESTRAGON: Siempre encontramos alguna cosa que nos produce la sensación de existir, ¿no es cierto, Didi?
VLADIMIR (impaciente): Claro que sí, claro que sí, somos magos. Pero no nos desdigamos de lo que hemos decidido. (...)»

En medio de esta nadería, reina una especie de sosiego alarmado. Un pesimismo algo exiguo. Están arrojados al vacío, pero y qué. Qué más da. Qué va a pasar. Qué hay que hacer luego.
Es desconcertante, desolador. Se habla pero no se dice nada. Hay relación, pero no la hay. Hay cercanía, pero un abismo los separa. Quizá hasta vivan en el propio abismo. Igual tampoco hay recuerdo porque no hay nada que recordar, no sé. La obra en sí es peligrosamente atractiva.
Esperar con paciencia y con esperanza, o más o menos. No se piensa nada, pero se oye el ruido del pensamiento. Pozzo y Lucky pasan casi como un par de fantasmas que posibiliten el interrogante de Vladimir y Estragon; aquellos con una seguridad igualmente inexplicable, éstos con una duda delante de las narices que no parece admitir respuesta, que se difumina insultantemente ante ellos sin que puedan hacer gran cosa.
La soledad y el silencio y la espera colaboran a que se dejen pasar cosas, a que esas cosas corran libres por el escenario y no puedan atraparlas. Parece mejor así. Incluso cuando Pozzo quede ciego y Lucky mudo (cargando incansable la maleta llena de arena, de tiempo, de nada, pero cargándola) nada habrá pasado. Un día... un día simplemente ocurrió. El significado se dispersa, se hace añicos. Quizá lo único que quede sea encogerse de hombros con media sonrisa y seguir esperando, sentir incomodidad y dejar que afecte a uno. Y seguir leyendo a Beckett.

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