lunes, 5 de mayo de 2014

«Las raíces del romanticismo», de Isaiah Berlin




Una de las mayores —y, personalmente, más interesantes y atractivas— convulsiones que ha sufrido la historia debe de ser el romanticismo. Con todo, puede, probablemente, que la atracción que ejerza aquí y ahora sobre nosotros —o sobre los que lo haga— se debe en parte a que no lo vivimos de lleno; no sé si será una observación muy temeraria, pero de alguna forma parece que intentar un acercamiento a esta pasión arrolladora, a la inspiración, a ese maremoto interno que vemos con ojos curiosos resulta hasta divertido, como un abismo que va mostrando sus dones, si lo hacemos pisando tierra firme, al otro lado de la valla. Vemos y analizamos —quizá hasta admiramos—, desde la orilla, cómo el velero lucha contra la tempestad, ya zozobre o no; aunque el temporal nos agite y sea algo incómodo, no es desde luego lo mismo que ir a bordo del navío. Todo lo más nos despeinamos un poco, pero no importa. Algo así es esto. Y creo, con todo, que el acercamiento total resulta imposible, quizá por la propia naturaleza del movimiento, por ese afán de buscar lo inefable, porque haya algún reducto de lenguaje y de ese contexto en que aquellos románticos se movían y que allá quedó.
Se da un cambio de perspectiva, de conciencia, un cambio de mundo y hasta un cambio, si cabe, del mundo mismo. Hay un corte en el tiempo: como diría algún pequeño genio, de alguna manera puede hablarse de lo que ocurrió antes del romanticismo, de lo que ocurrió después del romanticismo, de lo que pasó allí, de lo que se especula y se acierta a decir, todo con esa piedra angular girando entre los dedos, observándola. Observando a una Alemania de la segunda mitad del XVIII que irradiará a otros focos el nuevo espíritu, la rebelión interior y devastadora de unos hombres que rompen con las reglas y con las convenciones y que luchan por su causa con fiereza, que rompen esquemas en la cruzada no de la verdad y quizá tampoco de la felicidad, que van contra del viento para establecer un orden sin orden, para volver a lo primitivo, aunque al final, como se verá, no caótico, no sin una, por decirlo así, disciplina. Una concepción que vendrá a chocar de lleno con la ciencia y a tenerla casi por una quimera; una concepción que mirará de frente a la naturaleza y la admirará y quedará deslumbrada. Una concepción que se apoya en la Ilustración, en la Revolución Francesa y en parte también en la Industrialización para forjar desde ahí su aullido, su potente toma de posición. Una concepción que tendrá como protagonistas iniciales a Hamann y a Herder e, irónicamente, a Kant.
Románticos moderados y románticos desenfrenados. Distintas vertientes. Distintas visiones que parecen discurrir, y discurren, hacia el mismo punto. Unas embestidas contra lo tradicional y las instituciones que darán lugar a una exaltación en contra del conocimiento pleno, de la totalidad de la ciencia, de lo universal o universalizable. 
Puede que lo único que chirríe un poco sean las conclusiones, las proyecciones o consecuencias del romanticismo. Aunque Berlin hace un giro —doble giro, más bien— podría parecer en algunos puntos desmesurado el planteamiento que mantiene: debido a esa noción de la férrea voluntad imprevisible del hombre y de la preeminencia de la causa, del motivo de la actuación sobre las consecuencias, así como a la noción de la total libertad propia y, por tanto, responsabilidad, herederos del romanticismo serían el existencialismo y el fascismo. Esa difusión de la frontera entre lo coherente y lo demente habría traído nefastas consecuencias, por ejemplo, a la hora de juzgar moralmente a ciertos sujetos. Pero somos hijos de dos mundos, pues también damos valor a las consecuencias. Finalmente, pese a parir el germen del fascismo y el nacionalismo, la incompatibilidad de los ideales humanos traerá consigo la necesidad de las concesiones, de la tolerancia; así, esa primera pasión arrolladora conseguiría ahora un efecto distinto, la búsqueda de un equilibrio imperfecto, pero estable. Hay ciertos valores comunes y no todo es, entonces, destruir lo establecido y crear el aquí y el ahora en base a otros principios.

Bueno, me parece que entré aquí perdiendo un poco de vista eso de raíces de e iba buscando algo más, entrar de lleno, o probablemente ir robando referencias literarias. El inconsciente, ya se sabe. Con todo, me parece muy bueno para adentrarse en el movimiento. Ya decía antes que es (peligrosamente) atractivo y que merece mucho la pena rebuscar un poco e ir desbrozando el follaje.

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