jueves, 1 de mayo de 2014

«El cementerio marino», de Paul Valéry




Me temo que sigo viviendo con esa especie de sentimientos encontrados con la poesía, con esa atracción por lo que oculta algo o parece esconder más de lo que muestra. (Parece que a veces lo que no se comprende al nivel que se querría ejerce mayor (y peligrosa) atracción, y si al final logra uno acercarse a ello entonces hay una rotura insalvable, pero deliciosa). Alguna relación así mantengo con la poesía, aunque cada poco vuelvo a ella con menos ideas y más respeto. Supongo que lo bueno de esto es que cuando la música transmite y golpea lo hace más fuerte. 

Para mí, sólo en mí, y en lo que soy,
en la sangre, en las fuentes del poema,
entre el vacío y el suceso puro,
de mi grandeza eterna el eco espero.
Cisterna amarga, oscura y resonante,
tañendo en mí, futuro siempre, un hueco.

Resulta un armazón simbólico —donde resonara un eco de fondo que acompañara al sentido del poema— y con hábiles juegos de imágenes, a veces como una decadencia que viese luz arriba, en la superficie, y fuera a salir, aunque arrastrando esa oscuridad. Una estructura que encierra pasiones y ríos de conciencia que se rebelan o reafirman con el ritmo de la composición de esa poesía pura, un baile entre sensaciones y reflexión que alcanza puntos verdaderamente curiosos, una danza, que dice el propio Valéry, entre el ser y el no ser. De alguna forma el fin del poema es el propio poema, es un rodeo que acaba volviendo al origen y removiendo algo en quien se detiene a leerlo con cierto ánimo, apreciando una tremenda construcción donde verse reflejado y donde su propia imagen hable, donde Valéry deje de ser, de alguna manera, Valéry, para convertirse en una especie de escritor-lector.

Quizá La joven parca sea el más difícil de seguir, el más opaco o qué sé yo, pero aun así ejerce una sensible influencia en el lector. Con todo, personalmente destaco, y con muchas ganas, el poema que da nombre al libro y Canto de la Idea Madre. Pero no, no, creo que no desecharía nada, ni podría dejar de referirme al bofetón que supone Cállate casi como cierre de la obra.
Resurgir de la ausencia, susurrar a (o sobre) la muerte, desbrozar la idea de uno mismo. Regresar, siempre regresar.

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