miércoles, 3 de junio de 2015

«Sobre la historia natural de la destrucción», de W. G. Sebald



   Esa falta de veracidad de los relatos de testigos oculares se debe también a los giros estereotipados que con frecuencia utilizan. La verdad de la destrucción total, incomprensible en su contingencia extrema, palidece tras expresiones como «pasto del fuego», «noche fatídica», «envuelto en llamas», «infierno desencadenado», «inmensa conflagración», «espantoso destino de las ciudades alemanas» y otras parecidas. Su función es ocultar y neutralizar vivencias que exceden la capacidad de comprensión.


   Sebald es uno de esos pequeños grandes maestros con cosas que decir y con una forma de escribirlas contundente y personal. Su obra es, entre otras cosas, la apuesta por una renovación de la literatura, de la forma de hacerla y de leerla, de comprenderla. Se lanza con inusual valentía y acierto a una reconstrucción —a veces explícita, otras interna en el mecanismo o juego de la propia escrituradel pasado, de la historia (y de la historia de la literatura), y encuentra en esa reconstrucción tanto una nueva forma de reorganizar y visualizar los elementos como los fallos esenciales que se dieron y que no pueden —no deberían— volver a darse, fallos que él salva o supera con ese abordaje múltiple y bien enfocado.

   Durante la Segunda Guerra Mundial, las ciudades alemanas resultan destrozadas. Los Aliados descargan sus bombas hasta lograr una realidad a ras de suelo grotesca, impensable. Y, en esta línea, se produce una evasión: llega el silencio, la negación, la continuación de una rutina que resulta chocante, pero que parece necesaria para seguir viviendo con cierto equilibrio sin que lo que aparece ante uno desborde su capacidad de comprensión y lo aniquile. De alguna manera, detenerse a contemplar y asimilar lo ocurrido supondría una ruptura irreparable. Sebald escribe esto con la intención de hacer justicia, de reclamar una verdad que se ha ido evitando mediante lugares comunes y expresiones inútiles. Reclama, con derecho, la verdadera respuesta estética, y quizá ética, que requiere una devastación como la alemana.
   Los alemanes, como cualquier otro pueblo en esa situación, se ven sobrepasados; pero no hay literatura que dé cuenta de ello con fidelidad. Recrearse en esa desgracia no parece tocarle a una nación que procura redimirse de su pasado y que pugna por avanzar, sea como sea. La literatura que toca ese asunto cae en sentimentalismos u ornamentos que alejan la mirada del centro objetivo y valioso, así que recurrir a ella para acceder al pasado propio y conocerlo resulta en vano. Quizá, y sólo quizá, los escritores debieran ocuparse, en tanto que testigos y transmisores de su mundo, de retratar de manera fidedigna una realidad que de otra manera no llegaría entera e inalterada a quien venga detrás. Pero la literatura que de hecho se ha dado cae en una mediocridad hasta cierto punto reprochable, y cuenta con una forma de escribir que alivia el peso de la conciencia y que no se detiene a escribir —o de la manera en que debería escribirse— sobre las madres que llevan en la maleta el cadáver de su hijo, sobre los comportamientos que se sitúan a un paso de la enfermedad o la locura, sobre la convulsión —dura, palpable, sangrienta, demasiado real— que les azota. En definitiva, no mirar demasiado hacia un mundo de imágenes que puede desbordar su imaginación y sus ideas; pero esto, lejos de procurar ninguna expiación, supone una responsabilidad probablemente aún mayor.

   Sebald cuenta con una notable potencia literaria, y aprovechar tanto como se pueda los recursos que expone y señala parece una tarea casi obligada, al menos poco despreciable.


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