viernes, 12 de junio de 2015

«El malogrado», de Thomas Bernhard





   La verdad es que no hay nada más espantoso que ver a una persona que es tan grandiosa que su grandeza nos aniquila, y tenemos que ver y soportar ese proceso y al fin y al cabo aceptarlo también, cuando, realmente, no creemos en ese proceso, no creemos aún mucho tiempo después de que se nos haya convertido en una realidad incontrovertible, pensé, cuando es ya demasiado tarde para nosotros. Wertheimer y yo habíamos sido necesarios para el desarrollo de Glenn, muy a diferencia de él, y Glenn abusó de nosotros, pensé en la sala del mesón. La desvergüenza con que Glenn lo abordaba todo, las horribles vacilaciones de Wetheimer en cambio, mis reservas hacia todo y hacia todos, pensé. De pronto, Glenn fue  Glenn Gould, todos habían pasado por alto el momento de esa conversión en Glenn Gould, como tengo que decir, también Wertheimer y yo. Glenn nos había arrastrado durante meses a un proceso de adelgazamiento común, pensé, a la obsesión por Horowitz, porque realmente hubiera podido ocurrir muy bien que, solo, yo no hubiera aguantado esos dos meses y medio salzburgueses con Horowitz, y Wertheimer desde luego no, y que hubiera renunciado a no ser por Glenn. Ni siquiera Horowitz hubiera sido aquel Horowitz si hubiese faltado Glenn, porque el uno condicionaba al otro, y a la inversa.


   Voy a empezar con poca sutileza: Bernhard es un escritor absolutamente maravilloso, a ratos asfixiante, y El malogrado es una indiscutible obra maestra, una de esas narraciones sólidas y resistentes que pueden poner a uno, lector, en peligro, y gracias. Respiro.

   La narración es un continuo discurrir del pensamiento de un sujeto sin nombre, uno de los tres amigos que conforman el centro y la genialidad de la novela, el que les sobrevive, el que analiza a uno y a otro (y a cada uno desde, o a través del otro), el que escribe sobre ellos, el obseso, quién sabe si más obsesivo —por las (no) pausas, por las repeticiones, por el arrastre del pensamiento, por los círculos— que el malogrado Wertheimer. Wertheimer, hombre genial aunque atado al mundo, a su lado más desagradablemente humano, terriblemente frustrado, aniquilado —silenciosamente destruido— por una genialidad aún mayor que hace patente su mediocridad; hombre truncado por un talento, si acaso, genuino, sin condiciones. Bernhard lleva los pensamientos del amigo vivo con una destreza que parece sólo a su alcance: de forma hipnótica, repitiendo, explicando, clarificando, soltando y recogiendo lastre, atrapando al lector y perdiéndolo en tortuosos caminos de los que uno no quiere salir, porque uno es consciente de que está leyendo algo como pocas veces se ha escrito, algo de una habilidad desbordante, a la altura de la geniales mentes que forman la propia historia.

   Wertheimer se ha suicidado, y el narrador viaja a Suiza para asistir al entierro. Recuerda el trayecto que recorrieron juntos, las influencias de Glenn sobre ambos, la naturalidad de Glenn y la necesidad de Wertheimer de encontrar la aprobación de su obra, de ser uno de los grandes, quizá de ser, como pudo haberlo sido el narrador, el mejor. Pero la sombra de Glenn, pianista inalcanzable, fue mortal. Bastó un comentario acertado y a tiempo para condenar a muerte a Wertheimer, que se colgaría veintiocho años después, haciendo de su suicido lo único propio, lo único que salió plenamente de él, pues ni siquiera Glenn se suicidó, pero Wertheimer no pudo soportar esa muerte y tampoco, en fin, la vida de Glenn.
   Una capacidad artística llevada al extremo, hasta situarse en el margen de lo humano y allí, cobrando toda su esencia de manera inquietante, casi exclusivamente cerebral, atravesada por la desgracia de la infelicidad y el fracaso.

   Observando a Wertheimer, el malogrado, uno ve inteligencia y suficiente genio (aunque no de la forma en que el genio vive en Glenn), pero también fracaso y límites, locura y muerte. Y al final, una vez visto el cuadro entero —una vez que la melodía va llegando a su fin— uno siente que esas cosas no son disociables, y entonces la frustración, leyendo a Bernhard, parece que no puede convertirse en resignación, pero también siente que es en esa imposibilidad donde reside el interés, donde se observa la genialidad natural y sus consecuencias.

   Con todo, me temo que Bernhard es desolador, pero no mortal. Intuyo que es posible volver sobre el recuerdo, sobre estas páginas, volver a repasar el fracaso y sentir que no es el fin, que en ese ahogamiento hay algo de media sonrisa, aunque sea una mueca risueña, que permite incluso seguir leyendo y escribiendo. Que insta a seguir haciéndolo.


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