lunes, 1 de junio de 2015

«El corazón de las tinieblas», de Joseph Conrad


   No comprendíamos lo que nos rodeaba, nos deslizábamos como fantasmas, sin dejar de hacernos preguntas y secretamente abatidos, como hombres cuerdos ante un estallido de entusiasmo en un manicomio. No entendíamos porque estábamos demasiado lejos y no podíamos recordar porque nuestro viaje atravesaba la noche de los tiempos, de aquellos tiempos que ya pasaron, que apenas han dejado huellas —y ningún recuerdo.


   Un camino incómodo y profundo, un viaje repleto de esos abismos y recuerdos que provocan la inquietud y el estremecimiento del lector más infranqueable, como si fuera prácticamente obligado dejarse sondear por las impresiones de Marlow acerca del viaje y del admirable Kurtz, de la vida y de la naturaleza y del dolor y del miedo y de la muerte, también de la amarga ironía. Como si el lector no pudiera sencillamente mantenerse al margen, porque alguno de los caminos —alguno de los muchos e interconectados caminos llevan a uno a plantearse algo sobre sí mismo y sobre los otros, si acaso hay alguna diferencia entre ambos. Conrad va subiendo de intensidad y valiéndose del discurso de Marlow para adentrarse a golpe de machete en las entrañas de cada cual y conseguir dibujar la tensión entre la locura y la cordura, el impulso y la razón, lo primitivo y lo civilizado, el bien y el mal, entre el deber y la moral. Esboza estas encrucijadas cuando Marlow recuerda el camino que emprendió para rescatar a Kurtz, colono europeo, de la selva africana.

   Hay en ese recuerdo —es la función de la memoria y la imaginación, del regreso, de lo que queda cuando el tiempo ha desbrozado unos caminos y eliminado otros— una especie de justicia, una forma de narrar los acontecimientos con un tono mucho más certero, y además una posibilidad de contar lo sucedido con explicaciones y testimonios que de otro modo no tendrían cabida. La historia viene así contada, y el espectador ha de aferrarse a ella con la inevitable sensación de que la historia es la que le cuentan y a la vez no; la historia es al fin más relato que historia, pero quizá no pueda ser de otra manera y su valor resida precisamente ahí.

   Cuando Marlow se ve ante disyuntivas impuestas surge el problema. Tiene que decidir. Y entonces aparecen los fantasmas, las sombras de la existencia, la necesidad de escoger una opción y rechazar la otra, con la profunda convicción de que eso —situándose en el peligro de la selva, a bordo de un barco que parece continuamente vigilado y a punto de ser asaltado por los salvajes— va a traer consecuencias terribles.
   En medio de ese desajuste se destapan la obsesión, el ambiente cargado y casi claustrofóbico, la necesidad de salir cuanto antes de un espacio habitado por seres del todo ajenos. La imperiosa necesidad de conocer-se y las dificultades que ello implica. El temor. Sube la intensidad. Se interpone la palabra ante la realidad, o hace por transformarla. Hay un enfrentamiento externo e interno, un conflicto que, de ser irresoluble, podría ser fatal, y que termina con efectos palpables. Uno se ve instado a traicionarse o a reafirmarse en medio de esa decisión mientras la exploración interior amenaza con derribarlo; mientras asume, no sé si con resignación, su papel de europeo arrogante; mientras se debate entre el rechazo y la admiración a un hombre excepcional por el que ha dado sin pretenderlo más de lo que quería y debía, pero, sobre todo, por el que se ha internado en parajes extremos y oscuros de los que nadie sale tal como entró.

   El horror, el horror...


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