sábado, 20 de junio de 2015

«Escribir», de Marguerite Duras



   Algunos escritores están asustados. Tienen miedo de escribir. Lo que ha ocurrido en mi caso quizás haya sido que nunca he tenido miedo de ese miedo. He hecho libros incomprensibles y han sido leídos.

   Hay algo casi palpable en Duras: una personalidad bien marcada, firme y tajante, una forma de ser y de ver a través de las palabras adecuadas y de los silencios bien ubicados, de combinar vida y literatura —de extraer lo literario de su vida— con una solvencia inapelable. Duras posee una inteligencia tan ágil como para decir en una obra tan breve como ésta lo que otras no logran atrapar en cientos de páginas. También es verdad que parece tener bien claras, a su manera, algunas cosas de las que otros escritores hacen una búsqueda continua: la propia tarea de escribir, las barreras comunicativas, las experiencias, relaciones, influencias, la nada; escribe de forma directa, sin rodeos, casi a sablazos, con el talento del que ha nacido para escribir, pero, sobre todo, para comprender la escritura.

   Duras aborda con inusual tino la soledad del escritor, la distancia, las imposibilidades con las que uno se topa, la vida y la muerte, la locura, la necesidad. Lleva a cabo una suerte de exploración interior tan interesante como peligrosa, consciente —supongo— de los abismos vitales que va a tocar, pero consciente también de que puede hablar de ellos sin que la devoren. De alguna manera, está más allá. Es algo más vieja y más sabia, está más curtida, es difícil que puedan herirla. Lo suyo ya ha cicatrizado, y ahora sólo le queda escribir como dice y muestra aquí: de forma concisa y salvaje, yendo a la esencia y dejando a la vez tremendos y necesarios resquicios para que la escritura respire, para que sea libre y diga y calle lo que tenga que decir y callar.


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