lunes, 1 de diciembre de 2014

«La mujer zurda», de Peter Handke



La soledad es causa del más gélido, del más repugnante de los sufrimientos: el de la inesencialidad. Después uno necesita gente que le enseñe que todavía no está del todo degenerado.


Es curioso: uno lee este libro, en el que no pasa nada, y continuamente tiene la inquietud de sentir alguna voz muda que lucha por darte una bofetada, por mostrarte algo que sin embargo ya conoces y por ello no se cuenta. No es ya el silencio o el juego entre lo que se dice y lo que se calla, sino la sensación de que detrás de toda la puesta en escena hay un movimiento que se viene arrastrando. Es una escena en la que todo sigue una línea relativamente normal. Para muchas acciones no hay explicación lógica, no hay razón que confirme que eso pasa por este o aquel motivo, pero es así y, de alguna manera (aunque sea lejana), se entiende. 

Handke hurga sutilmente en la psicología y en la vida interior y expone esos comportamientos sin destriparlos. Sólo se intuye algún pozo sobre el que flotan reacciones e impulsos, tendencias humanas, pero se queda ahí, en saber que hay algún tormento o mero transcurso que condiciona lo presente. Quietud. Inercia. Nada supone nada, nada cambia nada.

La lectura es extraña. Los personajes son extraños. El escenario es extraño. El tiempo es extraño. Puede que haya una fina línea que separa la exaltación del lector y su desprecio. Pero hay que saber mirar. Algo hace pensar que Handke se acerca bastante a su objetivo, incluso lo logra. 
En un momento dado Marianne (la mujer) decide que Bruno, su marido, debe irse. Y ya. Soledad, relaciones cruzadas que no tienen un desarrollo como tal. Incomunicación. Algo que no se rompe, que ya surgió roto, que su estado es ese. Es imperfecto, y está bien así. Hay que mostrarlo y poco más.

El espacio es reducido. El exterior es frío y tiene poco interés. El foco es otro. Hay en la mujer un espacio estrecho que se refleja en ciertas ocasiones. Hay, parece, un alejamiento de la literatura (o de lo que entendemos hoy por literatura) para acercarse a una simple observación, a unas personas normales de las que surge una obra como ésta. 
Hay que leer La mujer zurda, y hay que sentir eso que Handke (no) quiere transmitir. Sea lo que sea.

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