viernes, 12 de diciembre de 2014

«El informe de Brodie», de Jorge Luis Borges



Por lo demás, la literatura no es otra cosa que un sueño dirigido.
(...)
Cada lenguaje es una tradición, cada palabra, un símbolo compartido; es baladí que un innovador es capaz de alterar; recordemos la obra espléndida pero no pocas veces ilegible de un Mallarmé o de un Joyce. Es verosímil que estas razonables razones sean fruto de la fatiga. La ya avanzada edad me ha enseñado la resignación de ser Borges.

Es Borges, y es grandioso. Aun cuando no despliegue los caminos laberínticos y del todo maravillosos que despliega otras veces, aun cuando estos relatos se acerquen más que otros a una visión realista. Son más sencillos, más lineales, más directos, y casi todos parecen guardar algún parecido: el destino prácticamente inevitable, una tensión vital, la memoria como rescate y a la vez como alteración del recuerdo (que cruza a veces la imaginación) que se va a narrar y que es ya, entonces, un algo nuevo, pero al mismo tiempo igual a aquello que aconteció. Unos hechos que a veces, al ser recordados y contados, cambian, o encuentran alguna pieza que les da un sentido distinto. Confesiones, descubrimientos, huidas, enfrentamientos que arrastra el tiempo, duelos que apuntan en varias direcciones.
Con Borges se disfruta y se aprende. Quizá este compendio no (me) produzca tanta exaltación como otros de los suyos, pero hay que leerlo. Borges tiende a ser inabarcable. 

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