sábado, 27 de diciembre de 2014

«Medusa», de Ricardo Menéndez Salmón


   De un lado, la vida; del otro, la obra. Ambas a menudo se rozan, pero en muchas ocasiones discurren sin tocarse, como cursos de agua que se precipitaran hacia mares distintos. Prohaska es un hombre que deja atrás un país vencido, una visión del mundo en ruinas y una paternidad aciaga. Ha visto cosas que muy pocos hombres soportarían sin perder el juicio, ha estado al otro lado de la cordura y de la ley, en cierta medida más allá del bien y del mal, en un mundo desquiciado, que en nombre de una ideología de la pureza ha mancillado hasta límites intolerables la condición humana. Gestionar semejante pasado es tarea para toda una vida, así que es plausible suponer que la fuga hacia ninguna parte de Prohaska constituye la ascensión de una escalera cada uno de cuyos peldaños va desapareciendo mientras se alcanza el inmediatamente superior.


   Cómo puede caber tanta intensidad en una obra tan breve. Cómo puede funcionar tan bien. Cómo puede decir todo lo que tiene que decir y sólo lo que tiene que decir; cómo puede, por tanto, callar lo que debe callar. Cómo puede ser tan inteligente, tan comprometida, tan precisa, tan astuta, tan pulcra, tan incómoda, tan consciente, tan feroz. 
Como una imagen punzante que se dirige directamente al lector, aunque de forma distante, serena. Como una imagen imposible de asir sustentada además por un discurso del todo solvente que hace de ella un artefacto muy eficaz, quizá más de lo que uno —la tranquilidad de uno— querría. Así se presenta la novela. Y a eso debemos, de alguna forma, responder. Porque parece que Menéndez Salmón ha creado dos cosas: una novela bellamente escrita y un algo que dispara a bocajarro, que tiene un objetivo más allá de la mera recreación literaria.

      La doble pregunta, imposible de satisfacer, lo contamina todo: ¿se puede vivir sin rostro ni ideología?

   Un artista invisible —Prohaska— y un mundo demasiado visible —el cruento siglo XX—. Una necesidad de mostrar, pero de forma distante; simplemente eso, si es que se puede: mostrar. Mostrar y huir, dejar constancia de la presencia sin ser atrapado, sin que nadie ni nada capture a uno en una imagen y violente así la identidad y el momento. Dar fe del mundo, de la maldad propia de los humanos, pero sin juicio, sin toma de posición, sin enseñanza, sin nada. Sólo una exposición. 
Prohaska va a poner de manifiesto la imagen como expresión en potencia y el lenguaje como elemento que la activa, que la pone en marcha, y ambos —lenguaje e imagen— avanzan con una fuerza vital tremenda. Leemos y vemos, asistimos al mundo.

   Vamos leyendo imágenes que van componiendo la idea, la muestra y la fuga. Leemos y vemos. Son las imágenes de un artista que va viendo y mostrando sin afecto; imágenes llenas de distancia e indiferencia. En todo caso, con alguna leve intervención para eliminar lo que la imagen sugiere y dejarla como un desgajo, exponiendo lo que esconde, lo secreto. El horror y la devastación pasan a través del arte, pero nada más; al menos en principio. Es el testimonio de un tiempo, de unos hechos, la amplísima visión de un artista del que sin embargo no hay imágenes, pues él mismo se empeña en desaparecer, en no dejar rastro, en ser invisible para el mundo. Cine, fotografía y pintura filtran el mundo y demuestran que el progreso es una quimera.

   Tenemos el arte como forma de conocer el mundo y a la vez de verse interpelado, de verse casi en la necesidad de posicionarse, de casi acabar con el silencio que muestra el mal, el horror, la barbarie, los pasos de una cultura que se escribe con sangre. Admiración y rechazo. Pero digo casi. Parece que no es total, que no hay respuesta, y que si la hay, no es inamovible. Nos topamos con unos sentimientos encontrados que difícilmente pueden provocar indiferencia, pero que tienen aún más complicado hallar una salida limpia. Parece que uno se ve obligado a decidir, a situarse a uno u otro lado de la difusa frontera y acabar de alguna forma con la mirada absolutamente impune. Pero, de nuevo, sólo parece.

   Hasta qué punto puede llegar esa tensión. Hasta dónde se puede seguir jugando. Hasta dónde puede justificarse, si es que necesita alguna justificación. Qué cosas o hechos definen una u otra visión y cuándo o cómo se dice basta.
No lo tengo muy claro, pero Menéndez Salmón merece —esto sí lo tengo más claro— un sitio importante entre los grandes autores del momento, e incluso algo más.

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