jueves, 18 de diciembre de 2014

«Materializar el pasado. El artista como historiador (benjaminiano)», de Miguel Á. Hernández-Navarro


   Y es que, si estamos atentos, si llenamos el tiempo de experiencia, advertiremos —con Benjamin— que "no hay un instante que no traiga consigo su oportunidad revolucionaria".


   Materializar el pasado es un magnífico ensayo que analiza las prácticas de arte contemporáneo que "vuelven" al pasado para hacer el presente; trabajan con un pasado que de alguna forma no ha pasado, que sigue aquí, que necesita su justa ubicación e interpretación aquí y ahora. Un "cepillar a contrapelo" la historia para hacer visible lo invisible, para traer a este momento lo que quedó en la sombra. Tenemos objetos donde se palpa ese pasado, una necesidad de imaginarlo, de recrearlo, y un compromiso con la historia por su carácter abierto y dispuesto a ser modificado. Se da, en general, una reflexión sobre el pasado. Un pasado que plantea preguntas, que reclama; que, siguiendo la concepción de Benjamin, está abierto y, por tanto, puede, literalmente, ser cambiado. Se relaciona la historia y la memoria, lo privado y lo público, el relato oficial y el recuerdo afectivo.

   Así, se presenta el arte como forma de resistencia a la modernidad (o a la concepción de la modernidad que anuncia la evanescencia, la pérdida de solidez, de materialidad), el arte como forma de permanencia, como algo impide el avance del progreso (o del pretendido progreso lineal) que olvida, que obvia, que entierra y deja sin resolver asuntos que necesitan ser resueltos. Estos artistas —Doris Salcedo, Francesc Torres, Virginia Villaplana y tantos otros— hacen visible el pasado, lo activan, revisan la historia valiéndose de objetos e imágenes para sacar a la luz cosas que quedaron enterradas y evitar así que mueran por segunda vez. El artista funciona de esta forma como historiador; entra, de esta manera, en el campo de lo social y lo político, no como intromisión inoportuna sino como algo que debe hacer porque, de algún modo, es quien tiene las herramientas y el lenguaje para sentir y hacer visible esa presencia que, si no, quedaría silenciada. Hay una interpelación, seguramente mutua: esos objetos parecen pedir algo, mostrar una llamada latente, y el artista siente la necesidad de obrar sobre ellos, de acudir a esa materialidad de acuerdo a una idea obviamente artística, pero también de justicia, de actualización del presente mediante un pasado que sigue presente. Se abren nuevas posibilidades, nuevos significados, nuevas formas de hacer y de entender, nuevas situaciones que pueden cambiar —revolucionar— por completo ciertas concepciones asumidas y también proyecciones futuras. Un reajuste necesario que corrige, que da un giro al pasado, e, inevitablemente, al futuro.

   Queda lejos de la intención de Miguel Ángel sugerir que todos esos artistas actúan bajo la influencia de Benjamin o que responden directamente a sus conceptos; su tesis es que mantienen una "relación de amistad" con aquellos planteamientos sobre la filosofía de la historia, y que éstos pueden ayudar a comprender este tipo de prácticas, que suponen una especie de redención de la historia, y quizá, también, del propio arte.
Gracias a las numerosas referencias, el ensayo funciona casi como punto de partida, como un mapa para buscar otras obras y seguir la pista a estas estrategias que nos hablan, al fin, sobre el tiempo y sobre nosotros mismos inmersos en él, actuando en él.

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