viernes, 27 de junio de 2014

«Laura y Julio», de Juan José Millás


No puedo decir que no me guste Millás, aunque guarde por ahí algún pero. Narra con destreza y las situaciones se suceden de forma hábil, sin obstáculos y con fogonazos de luz bien repartidos. 
Laura y Julio forman un matrimonio que ha caído en una relación llevada más por lo que no se dice que por lo dicho, por los silencios devastadores, por una corriente que parece llevar un rumbo claro que ambos esperan con una relativa tranquilidad, como si de alguna forma fuese inevitable. Aparentemente el asunto empezó a ir así desde que Manuel, el nuevo vecino, se instalara en el piso de al lado y estableciera con ellos una relación cercana, con una confianza extraña, irónica con Julio, íntima con Laura. Manuel, escritor sin obra —como si fuera una llamada, un anuncio de la historia que va a configurar como cuerpo ausente (en alguna página creí ver alguna referencia poco explícita al espectro de los bartlebys de Vila-Matas)—, será algo así como el sustento de la relación de sus vecinos. Como el intermediario que lidiara y resolviese el vacío abierto entre Laura y Julio. La forma de continuar con el ritmo sin que la ruptura se haga demasiado presente. Una ausencia que se acerca inevitablemente. 
A raíz de un accidente de Manuel y su caída en coma, Laura y Julio se separarán y éste empezará a vivir en una impostura algo desoladora. Tomará las formas de Manuel, la ropa de Manuel, los esquemas de Manuel, la vida de Manuel. Encarnará ese fantasma que antes los mantenía vivos y que ahora, de alguna forma, sigue siendo el cabo al que aferrarse para no caer el vacío, o para no ser un fantasma y entender las cosas un poco mejor. Llega entonces un juego de dobles, casi de espejos (Julio y Manuel, un piso y el otro, unas vidas y otras). Ahora se respira diferente, la visión cambia, las proyecciones personales se replantean su rumbo y hasta su existencia. Unas relaciones y anhelos que tienden a alejarse y a atraerse, incluso a replegarse y volver al punto cero (quizá para volver a empezar, quién sabe).
Puede que sea una novela de ausencias, o de ir llenando vacíos y ausencias con otros vacíos y otras ausencias o imposturas y poner así algunos parches vitales.
La pequeña pega que le pongo es que da la impresión de que las historias sean algo superfluas; de que la profundidad se definiera con algunas notas de hondo calado que fueran sosteniendo una (buena) historia, aunque esa profundidad no llegue a la altura de la continua tensión de otros narradores (y no puedo evitar pensar en Vila-Matas, entre otros). Con todo, tampoco pretendo que parezca que es ésta una mala novela ni que Millás no sea un diestro escritor, ni mucho menos. La historia vuela, es rápida, a veces estremecedora. Probablemente esa silueta fantasmagórica y ausente impacte en más de uno y le haga terminar la novela del tirón.

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