lunes, 23 de junio de 2014

«Hambre», de Knut Hamsun



Estaba pensando cómo decir de qué va esto, así como una idea vasta, sin pulir, así que voy directo y sin frenos: un hombre que pasa hambre.
Una novela maravillosa. La historia de una obsesión. A veces parece que cuesta entrar, que no es simplemente un delirio; hay que visualizar la escena, los diálogos y monólogos internos, las calles y las plazas, el propio cuerpo del protagonista, sus huellas, las idas y venidas, el (no) contexto, el desfile por el borde del precipicio. Hay que ser el protagonista; sin nombre, sin edad, sin identidad, escindido, arrojado a la fuerza (y con fuerza) a Oslo como podría haber sido arrojado a cualquier otra ciudad, el lugar donde todo se logra y todo se pierde de forma tajante, persiguiendo objetivos y no alcanzándolos, a veces por propia voluntad, o algo parecido. Un tipo que vacila, que oscila entre esto y aquello, que tiene pensamientos y sentimientos encontrados, que se mueve en una espiral algo paranoica, continua, a veces horrenda, otras muy liviana, pero manteniendo una unidad compacta y siempre poderosa, como si no se pudiera salir de ella. Como si, incluso cuando se puede, él mismo retrocediera y mirara a otro sitio, dijera que no, que qué es eso, por qué iba a hacer aquello. A ratos todo es agonía, a ratos se esfuma, y a ratos la propia agonía produce un extraño placer. Con golpes secos salta del pasado vívido a un presente crudo y rugoso. Y a otro lado. Hambre. Querer ser escritor (o escribir, quién sabe) constituye gran parte del motivo de su desgracia. Tiene ideas, aspiraciones altas, tiene discurrir, tiene potencial. Pero falta algo, algo que corroe con un matiz romántico, descarnado. Quizá una estabilidad, quizá voluntad, quizá un techo y un escritorio en condiciones, una estancia que no se mueva sin parar y que suponga una relativa seguridad.
No sabemos quién es él. Ni siquiera sabemos si él lo sabe. Inventa en varias ocasiones una identidad, inventa a los otros, inventa diversas situaciones y relaciones. Él proyecta, aunque no sea nadie. Quizá sea un mero reducto de algo, o una apariencia pugnando por explotar, o una imagen (inquietante), o una corriente inmensa, no sé. Me parece que es todo un bloque, un continúo fluir cohesionado con el mismo motivo y que merece la pena leer del tirón.

El inteligente pobre era un observador mucho más agudo que el inteligente rico. El pobre mira a su alrededor a cada paso que da, escucha con desconfianza cada palabra que oye de las gentes con que se topa; a cada paso que da impone a sus pensamientos y a sus sentimientos una tarea, una labor. Está atento a lo que oye, es un hombre sensible, experimentado, su alma tiene heridas...

Dos factores: uno realista-naturalista y uno psicológico, pero avanzando un paso más. Ambos se mezclan de forma extraña, como si uno necesitara del otro para lograr el discurrir literario del personaje. El tipo avanza, retrocede, come, pasa hambre, duerme, se queda sin techo, habla con unos y otros, mucho más consigo mismo, tiene comportamientos considerablemente contradictorios (pero coherentes en su sistema interno y desquiciado), el sentimiento avanza al galope y se impone al pensamiento, otras veces es frenado y hasta reprendido. No hay pena ni compasión ni nada por el estilo, sólo la dureza de los asaltos y la estancia inquieta, desbordada. No hay un patrón único y dominante, sólo condiciones y factores (externos e internos) que juegan sobre el mismo terreno, sobre él. La tortura del artista sobre un escenario que no termina de ser el suyo, que tiene algo de familiar y algo de extraño al mismo tiempo, que lo convierte más en criatura que en persona, que le hace vagar en torno a la locura, asomarse y salir de ella, mantener una difusa relación. Convencerse de que está cuerdo y seguir sus merodeos llevado por el hambre, por una especie de fantasma interior.
Creo que no hay que dejarla pasar, ni mucho menos. Tanto por la novela en sí como por lo que supone, por los efectos que ha tenido y aún tiene. Yo aún le daré alguna que otra vuelta.

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