domingo, 8 de diciembre de 2013

«Intento de escapada», de Miguel Ángel Hernández

                              «Intento de escapada», de Miguel Ángel Hernández




La imagen de Bob Flanagan clavando su pene a un tablón de madera. Así, como primer bofetón o descarada instancia al lector a que abra los ojos, arranca la novela y así empieza en todo este asunto la presencia de Marcos, joven estudiante de Bellas Artes que pronto será el asistente de un llamativo artista social, Jacobo Montes, que viene a la ciudad a llevar a cabo una exposición. Helena, la profesora de Marcos, es la que provoca esa conexión y será, aunque sólo sea de alguna manera, la bisagra entre ambos.

Me parece que no puede hablarse de esta novela sin decir eso de que reactiva el debate sobre los límites del arte, entre la barrera entre la estética y la ética. Pero quedarse ahí se me antoja una obviedad demasiado estúpida, porque para quedarse ahí no hace falta leer esta novela, ni tampoco haberla escrito. Entonces de nada servirían las capas superpuestas que pueden adivinarse, de nada servirían las contradicciones ni los giros en las formas de ver la misma obra de Montes ni la metáfora que se hace tan real e intensa como para poder verla de cerca y que deje de ser tan metáfora. Está bien la lectura de la inmigración y todo lo que la acompaña, lo que vemos y no vemos, esa realidad que aparece como fragmentada o difusa, pero hay que arañar un poco más. Y parte de ese arañazo viene dado por la propia novela (aunque permita diferentes lecturas). Es como si las respuestas se fueran dando por sí solas: no hay que especular demasiado, sino mirar bien. 
Se lanza una provocación y acaba por responderse en la propia historia, aun con la salvaguarda de la incógnita, que a su vez forma parte de la respuesta. Y si los límites de diferentes cosas habitan la novela, entonces hay diferentes planos en los que uno puede moverse, y está bien no poder alcanzar, aunque se alargue el brazo, alguno de esos últimos estadios. Incluso, diría, está bien que se vea que el sujeto puede saber e indicar el camino pero luego no recorrerlo; eso es la segunda parte.
En esa línea es destacable el progreso que sigue el protagonista a lo largo de esos meses en los que se sumerge en la obra de Montes. Va experimentando, forjando ese arte, y pasando por un proceso que va desde el deslumbramiento hasta el desencanto más grosero. En ambos casos con una intensidad notable. Ahí hay otro punto de sustento, en esas sensaciones que hacen de motor.

Es cierto que al empezar a leer no tenía demasiadas esperanzas, que la trama parecía no de despegar, daba la impresión de que la acción no llegaba, que todo era muy lineal y el impacto que, había oído, encerraba la novela, no estaba en ningún sitio. Por suerte acaba empiezando la revolución y los engranajes se ponen en marcha y se presentan de forma cruda. Con todo —y no dejan de ser pequeñeces dentro del conjunto— hay elementos que no acaban de convencerme, quizá como el protagonismo que de pronto toma Marcos en todo el embrollo de Montes o algunas escenas que no aportan mucho. 
Supongo que aquí lo bueno —con ese marcado afán de ser una novela y no un ensayo— es que se lanza la obligación de reflexionar, pero no se inclina la balanza totalmente a un lado y, como se dice en el epílogo, parece que siempre cabe la excusa de la ficción literaria. 
Se habla sobre posibles y no sobre verdades de hecho. Se habla de juegos con las acciones.

 Parece evidente que el peso de la novela cae en el fondo y no en la forma, aunque ésta tampoco haga decaer el asunto. Pero aquí lo importante es dar el mazazo, aunque sea (¿podría decirse en un caso así?) como quien no quiere la cosa. Efectuar un disparo —y que se oiga bien fuerte— que haga pensar que aquí pasa algo, aunque ya más tarde se vea qué es lo que pasa. 
Que el lector sea partícipe de lo que se cuenta, pero sin poder atrapar al escritor y teniéndose que atrapar a sí mismo, si acaso es un lector concienzudo.

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