lunes, 23 de diciembre de 2013

«La pista de hielo», de Roberto Bolaño

                                        «La pista de hielo», de Roberto Bolaño



Un asesinato que se nos va anunciando y al que más tarde llegamos. Tres caminos que tienden a cruzarse, tres destinos y uno sólo, tres historias diferentes y una común. Un camping, unas pasiones, un palacio, unos lugares desconocidos, odios e intereses varios. Los testimonios de tres personajes que van contando su propia versión de lo ocurrido, o su propio relato, de forma que —como si fuera irremediable— se dirigen a un desenlace intrincado cuyas ansiadas preguntas forman parte de la solución; y todo en torno a la pista de hielo y (quizá) a Nuria, patinadora olímpica y mujer enigmática y atractiva. 
Y una obsesión, sí, eso puede ser, una obsesión que sobrevuela los discursos de los tres personajes en cuestión y los va condicionando para que hagan lo que hacen y piensen como piensan. 

Personajes que a ratos parecen estar perdidos, o nerviosos por encontrarse, sin terminar de saber (ni ellos ni nosotros) si lo logran o no. 
Ese bicho y yo no nos parecemos, dijo Caridad con voz soñadora. Somos extranjeros en nuestro propio país. Hubiera querido decirle que se equivocaba, que allí al único a quien podían aplicarle la ley de extranjería era a mí, pero no abrí la boca. La cogí suavemente de la cintura y esperé. Caridad, pensé, era extranjera para Dios, para la policía, para sí misma, pero no para mí.

La relativa sencillez de la escritura hace que no sea muy ambiciosa, pero que, dentro de esa sencillez, se cree un marco de un interés notable. Así y todo, uno no puede dejar de pensar que esto pueda ser solo una pincelada de lo que el tipo es capaz de hacer (y así es).
La narración atrapa. Las ilusiones (que, como buenas ilusiones, muchas veces se rompen o igual ya desde su inicio se nos anuncian rotas) forman gran parte de la novela, también las voces que se cruzan y superponen, el misterio, el amor nauseabundo, el humor irónico, los razonamientos lógicos de los individuos, y en fin, la suerte de imágenes palpables que impregnan el ambiente que se va erigiendo conforme avanza el relato. Quizá un ambiente del que vemos coletazos conforme avanza la lectura:
Todos estamos acostumbrados a morirnos cada cierto tiempo y tan poco a poco que la verdad es que cada día estamos más vivos. Infinitamente viejos e infinitamente vivos.

Parece que Bolaño habla al lector de tú a tú, que es bueno escribiendo (y lo sabe, aunque sea de forma intuitiva o aunque lo sepa pero no lo diga), y parece también que uno se queda con buen sabor de boca después de leerlo.

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