domingo, 13 de octubre de 2013

«Un jamón calibre 45», de Carlos Salem

                                    «Un jamón calibre 45», de Carlos Salem



Una novela negra, rápida, con vueltas y recovecos, llena de codazos cómplices, y, sobre todo, divertida.

Sotanovsky (o Salem, já), es un argentino que cae en Madrid y tiene poca cosa, pero cierto arrojo, y cuando uno tiene poco o nada que perder, parece que cobra algo más de valentía. Un tipo le dará las llaves del piso de una tal Noelia, mujer ésta que será la que haga girar toda la trama de forma inevitable; la que haga que, incluso, la trama se rompa.

Nuestro protagonista pronto se verá envuelto en un enredo considerable, amenazado por un tipo imponente llamado El Muerto y seguido de cerca por un tipo bien grande y bien estúpido, con un plazo menor de lo que querría para encontrar un dinero perdido y entregárselo, para encontrar su propio rumbo, para huir y regresar, para tomar decisiones tirando una moneda al aire y que de poco sirva, para saldar cuentas con alguna mujer incendiaria, para dar lugar a ramalazos de esa filosofía de primera línea de guerra (cuando las balas están cerca). Hasta para darle su toque poético y espontáneo y canalla.
Termina por ir cuadrando una trama bastante redonda y bien definida, donde las piezas van cayendo cada una en su sitio (aunque, para algunos inquietos, pueda quedar algún cabo relativamente suelto).
Como pega, podría decir que algunos pasajes no son necesarios, no estrictamente necesarios. Podría prescindirse de ellos y la novela no perdería, pero ¿a quién no le gusta recrearse un poco cuando las cosas se hacen bien? Ya juzgará cada lector.

Salem resulta ser muchas veces una luz entre ciertas tinieblas: tiene un estilo muy fresco, muy vivo, con nervio, risueño, dentro de lo que cabe. Y el ritmo, sí, Salem lleva el ritmo a su manera, y es otro elemento que favorece a la novela. La forma, en Salem, es, probablemente, más importante que el fondo. 

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