sábado, 21 de febrero de 2015

«Todo modo», de Leonardo Sciascia



   Dicho de manera más sencilla: no tenía compromisos de trabajo o sentimentales; poseía, poco o mucho (pero fingía que poco), cuanto se requería para satisfacer cualquier necesidad o capricho; carecía de programas y metas (de no ser aquellas, casuales, de las horas de las comidas y del sueño); y estaba solo. Ninguna inquietud, ninguna aprensión. Salvo aquellas, oscuras e irreprimibles, que siempre me han acompañado, del vivir y por el vivir; y en ellas y a partir de ellas se injertaban y bifurcaban la inquietud y la aprensión por el acto de libertad que debía llevar a cabo, aunque de manera ligera y ligeramente aturdida, como si me hallara dentro de un juego de espejos, no obsesivo sino luminoso y apacible como los lugares que recorría, dispuesto a repetir y a multiplicar, tan pronto como se hubiese producido, o me hubiese decidido a producirlo, mi acto de libertad.


   Lo de Sciascia es algo situado en la unión entre realidad y literatura; diría que no se ubica por entero en uno ni en otro campo, sino en esa tensión o canal a través del que la vida observa a la literatura y ésta a aquélla. Se forma así una especie de comunión entre ambas que apunta a un abanico de posibilidades que se va ampliando terriblemente y que tiende a cierta imposibilidad. Parece que Sciascia se divirtiera poniendo contra las cuerdas ciertas situaciones y ciertas realidades, haciéndolas visibles y desmantelando entuertos con sutileza e ironía, con una agudísima inteligencia. Pero quizá, más que poner él contra las cuerdas ciertas cosas, lo único que hace es mostrarlo, a la manera de un lúcido y ágil testimonio que evidencia el problema y se topa con lo difícil de hallar una solución, o, al menos, una solución justa. Desnuda conceptos, desbroza formas y organizaciones oscuras, saca a la mirada pública los entresijos del poder y de la sociedad, no tanto para hacer una burda denuncia como un asalto más hábil que apasionado y establecer así esa inquietante unión con la literatura filosófico-política. Lanza una mirada que puede llegar a ser incómoda; cuestiona asuntos incuestionables, viene a plantear la poca solidez de los cimientos establecidos, de la mirada casi dogmática o demasiado parcial.

   Así embiste en Todo modo —de forma directa pero lejos de cualquier torpeza o trivialidad— contra la corrupción y el poder, la confabulación de jerarcas católicos y la mafia.
   Un pintor llega aun hotel-ermita donde diversos magnates realizan cada año ejercicios espirituales. El asesinato de uno de los asistentes irrumpe con fuerza y se desencadenan entonces investigaciones y deducciones y sospechas, sin llegar a ningún punto demasiado claro. Casi parece que descubrir quién es el asesino pasa a ser algo secundario ante los caminos que se abren y anteponen a ello.
   Con temas así parece que la cercanía de la realidad con la novela, con la forma de una novela policíaca, está servida, y pocos mejor que Sciascia para (d)escribirla. 


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