sábado, 14 de febrero de 2015

«Poeta en Nueva York», de Federico García Lorca



No preguntarme nada. He visto que las cosas
cuando buscan su curso encuentran su vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin desnudo!



   Nueva York, 1929. Si uno logra adentrarse en estos poemas y pensar en la ciudad y quizá también un poco en el propio García Lorca, algunos de estos poemas pueden ser un abismo; reside en ellos un eco a tumulto, a angustia, a frío, a desamparo, a ciudad demasiado grande e impersonal, a deformidad y a violencia, a ruido. El poeta observa y parece que tenga que sacar a la luz lo inhumano de eso a lo que asiste. El uso de lo surrealista es evidente, pero el surrealismo no se apodera de la obra: la poesía se sirve de él y no al revés, y Lorca se guarda y proyecta un considerable dominio para ir pasando la vista y describiendo lugares y escenas y espectros. En según qué pasajes, ese uso consciente de la forma puede ser más inquietante que si estuviera totalmente rendido al impulso automático:

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano
que se queja tres años
porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
y el niño que enterraron esta mañana lloraba
                                                                     [tanto
que hubo necesidad de llamar a los perros para
                                                           [que callase.

   No creo que sea sólo la ciudad, de manera independiente, lo que motive este poemario; hay un cambio en Lorca, una convulsión, y parece que su escritura diera un viraje al sentir el cambio a esta tierra y a este panorama. El progreso ha avanzado de forma desmedida y algo ha cambiado o se ha perdido para siempre. Entonces llega el simbolismo feroz y la protesta; las imágenes están cargadas, tienen algo de sangre y hojalata viva. Si se lee bien, uno puede pensar en Nueva York (o en ésta que Lorca presenta) como una buena ciudad para desesperarse y para que la poesía, como si se desprendiera de ciertas normas —sin soltarlas del todo—, fluyera con otro ritmo y anunciara la perdición vital de algo. 

No, que no desemboca. Agua fija en un punto,
respirando con todos sus violines sin cuerdas
en la escala de las heridas y los edificios
                                                         [deshabitados.
¡Agua que no desemboca!



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