domingo, 1 de febrero de 2015

«Que levante mi mano quien crea en la telequinesis», de Kurt Vonnegut



   Componen este libro algunas citas curiosas y unos discursos dirigidos a universitarios o graduandos. Pero, si hacemos caso de lo que dice el bueno de Vonnegut, no se dirige a ellos como si fueran miembros de otra generación —no hay tal cosa, dirá—, se dirige a ellos sencillamente porque empiezan a vivir y pueden necesitar una dosis de razón no reglada, alguna visión o consejos verdaderamente útiles (y a la vez no, no sé) para gobernarse, para ser gobernados y, peligro, para gobernar otras cosas y habitar el mundo. Si eso se transmite mediante una oratoria que combina lo privado y lo público, la sátira y lo serio —la sátira cargada de seriedad o de lo que podría ser solemnidad y que, por suerte, no lo es— parece que el discurso toma un calado mucho más hondo, llega con una facilidad mucho más hábil, más aún si, como hace, habla a los estudiantes sin interponer impedimentos de ningún tipo, estableciendo una comunicación directa y sincera. (Y corrompiéndolos, transmitiéndoles lo más importante (al menos una parcela de lo más importante) de su etapa universitaria, quebrando, al menos en parte, el camino preconcebido.)

   La de Vonnegut es una razón que se rebela con ironía, (casi) sin darle demasiada importancia a lo importante pero encargándose de ello con particular certeza. Supongo que es esperanzador, sin elevarse demasiado del terreno que pisa y que le sostiene.


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