domingo, 6 de abril de 2014

«Aire de Dylan», de Enrique Vila-Matas





He leído en algunos sitios que en esta novela no aparece Vila-Matas, o que cuesta reconocerlo, o que qué sé yo. No lo entiendo muy bien. Sí aparece, sí se le reconoce (a veces de forma explícita, casi descarada), y, si se atiende a ese discurrir interno, a ese hilo invisible que sirve como guía, puede que sea aún más evidente. En varias ocasiones Vila-Matas se asoma, silba un poco y la historia continúa, con él detrás, bien latente.
Una crónica sobre el fracaso, un teatro con varios disparos y el mismo objetivo. La búsqueda de lo auténtico mediante un trasunto, cabalgando sobre la idea hamletiana de ese eco que dará sentido a la puesta en escena. Una distancia relativa que el actor provoca para, de esa forma, mantenerla siempre a la mano. Y una historia sobre la necesaria huida. Y sobre el vuelo de lo infraleve; lo que crea un surco finísimo y se inmiscuye en ciertos lugares comunes, habitables, mundanos, actuales, a veces irrecuperables, pero que dejan su huella.

Algunos entran muy tarde en el teatro de la vida, pero cuando lo hacen parece que entren sin brida y directos ya hasta el final de la obra. Ése fue mi caso.

La historia puede ser una carrera (rápida pero lenta, que gira en torno a esa levedad breve, ligera, aunque de alguna forma no pase nada) hacia lo que de verdad hay mientras se busca, y no hacia lo que haya al final de ese camino. Puede incluso que no convenga acabar la carrera. Un río donde vengan a parar afluentes del shandy que escribe la propia obra y del ambiente bartleby, proyectado a la vida misma, que sobrevuela toda la novela. 

Pero no podía Vilnius saber que, pasara lo que pasara, yo seguro que no me movería de allí hasta el final de su texto, porque sentía que de algún modo esa historia que estaba leyéndonos me afectaba directamente. Es más, le veía ciertos puntos de contacto con mi secreta tragedia personal, basada en la impresión de que, al igual que Lancastre, había trabajado siempre como un idiota y había perdido la vida al ponerla entera al servicio de la literatura y de una poética que en realidad no había importado nunca a nadie, quizás ni a mí mismo.

Y no se movió.
Tenemos a Vilnius ―parecido y confundido con Bob Dylan, recopilador de su particular Archivo General del Fracaso― y a Débora como motores palpables de la historia; personajes centrales del entramado que se dedican a no hacer nada, que se mueven en torno a un vínculo de humor, perdición y poesía, pero que son imprescindibles. Oblomovs confesos, escapistas sin esfuerzo, jóvenes artistas modernos. Representantes de esa esencia efímera, moderna, que acertara a atrapar Baudelaire, y dos derechos: derecho a la contradicción y derecho a irse. Personajes que apuntan a un aire de Dylan que acabará por llevárselo todo. O casi. 
Vilnius recibirá a su padre desde el más allá, y, más aún, recibirá su memoria y experiencia. Será, de alguna forma (con risueñas y reflejas implicaciones) su propio padre, Lancastre, mientras éste se resiste a abandonar del todo este mundo. Reconstruir sus memorias será el motivo que los mueva.

―Sólo sé ―le dije intentando que aprendiera a respetarme― que la realidad puede permitirse el lujo de ser increíble, inexplicable. Lamentablemente, una obra de ficción no puede permitirse las mismas libertades.

Vida y arte y expectativas y costumbres y el tiempo, que no perdona; ida, y no vuelta, a casa. Desesperanza como ilusión, y como ese motor del que hablaba. (Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien).
En torno a una muerte se crea vida, se configura (o reconfigura) una familia, aunque eso implique, a su vez, otras muertes. Nuestro narrador ha fracasado en su intento de dejar de escribir. Y es que, después de todo, las novelas de Vila-Matas tienen un fuerte componente vital.

En cuanto pude, expulsé con ganas aquellas cenizas húmedas, póstumas, horriblemente adheridas. Y entonces toda aquella ceniza última, que había llevado yo en la mano y que no dejaba de ser también la Laura que un día estuvo en este mundo, empezó a llevársela el viento, a llevársela el aire, ese aire que es la materia de la que estamos hechos, leve viento de vida y muerte, aire de todas las máscaras, aire de Dylan.

No sé, pero de Vila-Matas me gusta todo, y más me gusta tratar de seguirle la pista.

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