lunes, 17 de febrero de 2014

«Bartleby y compañía», de Enrique Vila-Matas




Detrás de lo que golpea a uno sólo con empezar a leer —relatos de escritores que dejan de escribir, que caen en un silencio imperioso, en el preferiría no hacerlo del síndrome bartleby— encontramos el trasfondo de la propia vida, motor e impedimento de ese particular discurrir. 
Lo dice el propio Vila-Matas: Contrariamente a lo que se cree, no hablo exactamente en este libro de escritores que dejaron de escribir sino de personas que viven y luego dejan de hacerlo. De fondo, eso sí, el gran enigma de la escritura que parece estar diciéndonos que en la literatura una voz dice que la vida no tiene sentido, pero su timbre profundo es el eco de ese sentido. 
Creo que rescato esa última parte, esto es, la voz que anuncia ese sinsentido ofreciendo al mismo tiempo el propio sentido, el motivo casi resignado.

Después de una breve y clara exposición de los hechos que provocan la creación de la obra, arrancamos con el asalto a esos personajes, a los sucesos que los llevaron a preferir no hacerlo. Escritores que dejan de escribir, que se retiran, pero se retiran de la vida, se retiran, diría, a ellos mismos; se borran del mapa, escapan. Escritores que, como el Bartleby de Melville, prefieren no moverse, no escribir, no permanecer, rondar en torno a la nada, al vacío, al silencio, quizá a lo que dicen no-diciendo. 

Con una serie de notas a pie de página que comentan un texto invisible, vamos saltando (y conectando) unos y otros escritores que han caído de una u otra forma en ese laberinto del No, que se han visto sobrepasados por alguna situación, o que sencillamente escribieron algo y quedaron sumidos en esa ingravidez de inactividad, que es, a la vez y a su modo, otra forma de actividad. Y es que no están al mismo nivel el cese de esa escritura a causa del suicidio (causa de poca valía, forzosa, sin tregua posible ni marcha atrás) que de la ausencia voluntaria, ese no-estar estando, donde el actor se echa a la espalda la negación del mundo, distanciándose. Escritores que quisieron encontrar la esencia de la literatura y se toparon con el desconcierto o con la imposibilidad, que quisieron asir el humo en sus manos, que quisieron abarcar en sus escritos tanto como creyeron concebir en su cabeza y en su vida y quedaron paralizados, o que sencillamente algo en ellos se desvaneció, y encuentran (o no) su justificación para no hacerlo.
Como un sendero que alude continuamente al propio mal que describe y que a ratos lanza advertencias, el narrador anuncia que teme caer en lo mismo (¡artificios!), en esa negación, en ese momento en que deje de escribir (que resulta, a la vez, el antídoto del mal). Vamos leyendo las notas al pie de un texto invisible, no escrito o al menos no aquí; vamos leyendo sobre esa imposibilidad de escribir por la que pasaron otros, sobre cómo se vieron superados, a veces, por ellos mismos; por la conciencia de no poder hacer algo mejor, o, sencillamente, algo de trascendencia que los sacara de esa inmovilidad, de esa retirada (a veces hasta gratificante).

Con Vila-Matas nunca puedo pasar como si nada, nunca quedo impasible; creo, incluso, que sería raro que alguien pudiera. Hay fragmentos que te retuercen las entrañas, como si un puño te golpeara los sesos y obligase a seguir leyendo (y bueno, uno tampoco se resiste, por si acaso) y a asistir a la puesta en escena, al discurso bien forjado y agradable, aunque a veces incómodo, con esa incomodidad de no poder ser un mero espectador, de no poder mantenerte al margen o al menos no todo lo que quisieras, si es que quisieras.

Si a partir de esa breve pero abismal exposición del motivo de esta novela entramos de lleno en ella, en ese análisis de bartlebys, acabamos con el de Tolstói y con una casi esclarecedora sentencia: Muchos años después diría Beckett que hasta las palabras nos abandonan y que con eso queda dicho todo.

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